Por ESTHER CORTÉS BUENO
miércoles, 22 de julio de 2026
Mala gente
domingo, 19 de julio de 2026
Plena luz
Antes de que el sol apunte fulgurante tras el perfil violeta de la sierra; cuando vaga fresco en el aire el aroma verde del hinojo y los jilgueros te acompañan saltando de un lado a otro del camino; con el relente aún en tus brazos, en el color apagado de las piedras y del cielo, del amarillo de las avenas; con tus primeros pasos, el hermoso espectáculo: ver nacerse el día, la plena luz de julio.
Y vuelves entonces a tu niñez, a los veranos de alberca y estrellas fugaces, cuando ser feliz era sólo un día luminoso por delante y risas y juegos con los amigos. ¡Oh, amaneceres de julio! ¡Oh, noches de ventanas abiertas y diáfanos sueños!
lunes, 13 de julio de 2026
Un hilo de tinta
Había parado a la sombra para echar un trago de agua. Lo vi por casualidad. Una forma alargada casi enterrada en la tierra del camino. Lo desenterré con la contera del bastón. Un bolígrafo de plástico azul, con la caña cuadrada en la parte superior, redondeándose y estrechándose hacia la punta, y con un clip de sujeción. Probé a escribir en la palma de mi mano izquierda, pero la tinta no fluía. El mecanismo retráctil funcionaba. Por lo demás, intacto. Lo limpié ligeramente, lo metí en el bolsillo del pantalón y continué mi caminata.
¿Cómo había llegado el bolígrafo hasta aquel camino? ¿A quién pertenecía? ¿Qué palabras y números, qué historias había hilado hasta entonces? ¿Cuánta vida –cuánta tinta– le quedaba? ¿O acaso era un ser agotado, un venero sin vena ya de tinta, sin más signos que trazar, arrojado de mala manera por su dueño en aquel punto?
Cuando llegué a casa garabateé sobre papel, pero la bolilla no rodaba y seguía sin fluir la tinta, así que recurrí al viejo truco escolar: sobre la parte lisa de la suela de la zapatilla deportiva empecé a garabatear y en pocos segundos la bolilla empezó a correr con suavidad dejando a su paso un elegante hilo de tinta azul. ¡Alegría del fluir! ¡De manantial que discurre! ¡De fuente que mana!
Estamos ante un bolígrafo anónimo, sin nombre de marca visible en el exterior, uno de esos bolis desechables, de efímera vida útil, cuyo destino se vio prematuramente truncado al caer en aquel camino sin que su tinta se hubiese agotado. Además del anonimato, participa este moderno cálamo del carácter colectivo propio de la literatura popular, al servir como útil de escritura a dos dueños al menos. Es también un bolígrafo afortunado: los múltiples caminos del azar hilaron para que aquella mañana me detuviera en aquel punto exacto del camino, lo descubriera medio enterrado y lo devolviera, como a Lázaro, a la vida, al misterio de dibujar letras para construir palabras, para contar historias, para crear versos. ¡Oh maravilla! Los caminos de la escritura son inescrutables.
De momento, y en mis manos, el bolígrafo ha fijado en el papel la traducción de un hermoso poema –«Templo de Zeus en Agrigento»– del grande poeta italiano Salvatore Quasimodo. También ha corrido su tinta para escribir el primer borrador de esta entrada. Y como sé que estoy ante un bolígrafo andariego, aprovecharé alguno de mis paseos para celebrar en versos machadianos el bellísimo amanecer o el dilatado ocaso en estos campos dorados de julio.
lunes, 6 de julio de 2026
La ley de la selva
2 Datos tomados del documento «Buzón contra la hiperregulación» en la página web de Vox.
viernes, 26 de junio de 2026
Meterle chola al Zapa
martes, 23 de junio de 2026
Huesos, surcos y conciencia
Primero fue el nacer personas con las piernas arqueadas y los pies juntos, o con las rodillas juntas y los pies hacia afuera, a causa de una mala alineación entre fémur y tibia, y el constatar la dificultad y la irregularidad en los andares.
Luego, los romanos acabaron llamando VARICUS (que anda torcido, que tuerce las piernas al andar) a quien nacía con esa configuración de las piernas en forma de equis o de paréntesis. Utilizaban además el verbo VARICO para indicar que alguien apartaba mucho las piernas, las abría, al andar, que caminaba de forma irregular...
Debió ser también un romano observador y ocurrente quien añadiera al verbo el prefijo preposicional intensivo PRAE (delante) para crear dos derivados muy cercanos. El primero, el verbo deponente –conjugado en voz pasiva pero con significado activo– PRAEVARICOR indicaba que un labrador, un esclavo, se había apartado de la línea recta al abrir los surcos, que se desviaba y los trazaba torcidos. Por su parte, con PRAEVARICO se aludía al concepto de transgredir, de violar, desobedecer, infringir, que está muy cerca de la prevaricación tal como ya se entendió en el derecho romano y ha llegado hasta nuestros días: esa decisión a sabiendas injusta tomada por un juez, un funcionario o una autoridad.
Fantástico el camino recorrido por esta palabra, que comienza con una malformación ósea, pasa luego al mundo de la agricultura para indicar que los surcos están mal trazados, que son irregulares y curvos, y del mundo rural salta a la sociedad civil para indicar que se han traspasado los límites de la normalidad, de lo establecido, de la moralidad, y en un último giro se establece en el mundo del derecho, aún vigente, para condensar esa corrupción del alma, ese delito de dictar una resolución manifiestamente contra toda justicia.
Desde los pies de una persona hasta el alma y la conciencia humanas. La palabra se eleva y se hace vuelo, ilumina en la búsqueda de la verdad, de la descripción de la conducta humana. De constatar una tacha ósea a identificarla con una falla moral y posteriormente con un delito. Es lo que admira uno del lenguaje, su capacidad para trascender lo concreto, para convertir un hecho real, una anomalía fisiológica, en una actitud moral y en un concepto jurídico plenamente comprobable después de siglos.
jueves, 18 de junio de 2026
Nuestro pana Zapatero
Enseguida me interesó la palabra. Me pareció del argot choricil, que no llama a las cosas (los billetes de 500 euros son chistorras, y lechugas los de cien), ni a las personas por su nombre (El Todopoderoso: Javier Aureliano García, presidente de la Diputación de Almería; Goblins: José Luis Ábalos). Como no acertaba a explicarme el significado de esa palabra en esa expresión, en ese contexto, acudí a mis mejores fuentes de conocimiento lingüístico, los diccionarios.
En el de la RAE encontramos dos entradas distintas, numeradas, lo que indica que con pana estamos ante un caso, no de polisemia, sino de homonimia, es decir, de palabras que se pronuncian y escriben igual o de forma parecida, pero que tienen orígenes muy distintos, como ocurre con los clásicos aya / haya / halla, lo cual no impide que cada una de las palabras homófonas u homógrafas pueda ser polisémica.
La pana, como todo el mundo sabe es una «tela gruesa semejante al terciopelo, que puede ser lisa o con hendiduras generalmente verticales». En el mundo marinero, una pana es una «tabla levadiza que forma el suelo de una embarcación menor». El término «pana» es por tanto polisémico, pero ninguna de sus dos acepciones encaja en la expresión «Nuestro pana Zapatero».
La morfología también nos da una pista: el sustantivo «pana», referido al tejido o a la tabla que se puede levantar y luego volver a su sitio, es de género femenino, mientras que en la expresión que analizamos el sustantivo es masculino, como indica el determinante posesivo: nuestro pana.
La docta institución académica propone como origen de esta pana textil y marinera la palabra francesa panne, que a su vez es polisémica, pues significa, al menos:
1. Avería
2. Pieza de madera o metal que, colocada horizontalmente sobre las vigas de un tejado, sostiene las vigas transversales.
3. Tejado encajable en el que uno de los lados se levanta para formar un reborde.
4. En un puerto, embarcadero ligero que sirve como línea de amarre o fondeadero para embarcaciones de pequeño tonelaje.
En la etimología de esta palabra francesa encontramos discrepancias. Joan Corominas y María Moliner, en sus respectivos diccionarios, nos remiten a un panne procedente del latín pinna, con el que los romanos se referían a la piel de un animal y también al plumaje de las aves. Pero el Dictionnaire etymologique de la langue française se remonta a un pannum latino, de donde pan –trozo de tela y por extensión, trozo de muro, de madera, etc.–, cuya forma femenina, panne, designaba la vela de un barco en una posición tal que el barco no se mueve.
Nos vamos perdiendo, ¿verdad? Seguir el hilo de una palabra, a veces, es tan complejo y laberíntico como seguir las cuentas de una mercantil offshore o la comisión recibida en una cuenta caimán por intermediación en un negocio. Es cierto que la chaqueta de pana fue en unos años distintivo de izquierdas, y que los políticos socialistas pronto descubrieron los trajes de Armani, pero no creo que vaya por ahí lo de «nuestro pana». Zapatero no es de chaqueta de pana. Vayamos entonces, al homónimo pana 2.
Es un americanismo. Según el Diccionario de americanismos editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en países como México, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico o Ecuador, un pana es un amigo íntimo, un compañero inseparable. Inquirir el origen de este vocablo es, cuando menos, entretenido, intrigante. Hay quien lo reconoce en las lenguas indígenas americanas, en el quechua, como hijo de la palabra panaca, con la que se designaba a la familia, siendo un pana un miembro de la familia. Hay también quien lo hace descender fonéticamente del inglés partner (socio). Y quien sitúa el nacimiento del término en la Caracas de mediados de los sesenta, en las reuniones de jóvenes en las panaderías, sí, en las panaderías, que además de pan y leche, ofrecían café, refrescos, dulces y comidas ligeras, de manera que los panas, además de ejemplo de acortamiento lingüístico y de tropo (¿sinécdoque? ¿metonimia?) eran amigos, colegas, camaradas con los que se pasaba el rato en la panadería de la calle o del barrio. Después, desde Caracas, la palabra pasó a otros países. A España, si no me equivoco, ha llegado hace unas semanas, cuando uno de los dueños accionistas de la empresa aviadora Plus Ultra afirmó «nuestro pana Zapatero está detrás».
Este homónimo pana, según el diccionario de la RAE, es también polisémico, pues designa, primero, el fruto (en femenino) del árbol del pan, en segundo lugar, y en países como Ecuador, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, señala al amigo, al camarada, al compinche. En Chile, la pana es el hígado y también la avería en una máquina o instalación. Cuando el directivo de la aerolínea habla del pana Zapatero, en qué sentido está usando el sustantivo común: ¿considerándolo amigo, es decir, alguien por quien se siente afecto personal, puro y desinteresado?, ¿considerándolo un buen camarada –compañero de fatigas, correligionario–, con quien se tiene cordial relación?, ¿o considerándolo un compinche, un compañero habitual en francachelas y diversiones o en asuntos poco lícitos?
En vista de lo conocido hasta ahora, y presumiendo la inocencia del investigado, sólo el tiempo aclarará, eso esperamos, si nuestro pana Zapatero es expresión lingüística de un sincero y puro y desinteresado afecto; muestra de la cordialidad que rige entre personas que comen y viven juntas, o si más que de limpia y generosa y altruista amistad, más que de franca y afectuosa camaradería, se trata simplemente de compinches que van a forrarse. Veritas filia temporis.
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