miércoles, 7 de octubre de 2026

Marcapáginas

 



Me sucede con frecuencia abrir un libro para consultar un dato, para recordar una idea del autor o comprobar una cita y encontrarme un señalador –un billete de metro, la entrada de un concierto o de un museo, un tique de aparcamiento, un pósit con anotaciones, la cuenta de un café de París, la tarjeta de visita de un librero de Milán, una carta de la baraja española…–, y descubrir que ese billete de metro o la entrada del concierto no están donde están por simple azar, por pura casualidad, sino porque de alguna manera se relacionan con el texto de las páginas entre las que aparecen. Cuando abro, por ejemplo, el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española y encuentro una fotografía de Marcel Proust entre las dos páginas en que aparece la entrada «magdalena», sonrío al imaginar la sorpresa de quien hojee el diccionario y descubra la conexión.

Los libros también guardan memoria de sus dueños, de sus lectores. Lo hacen cuando abrimos uno leído años atrás y recordamos con viveza las circunstancias de su lectura, el lugar y los días en que lo hicimos, sin que entonces anotáramos la fecha y el lugar en que lo compramos. De alguna manera, material o inmaterial, el lector permanece en el libro. A veces basta sacarlo del estante y hojearlo para encontrarnos con nosotros mismos, con el lector –con la persona– que éramos. La biografía de un lector está en su biblioteca, en esos marcapáginas voluntarios o involuntarios, en las esquinas dobladas, en el orden de los estantes y en el trato que da a esas criaturas vivas que son los libros.

Está también en los subrayados y en las anotaciones de los márgenes. Nunca he sido partidario de subrayar ni de garabatear en los márgenes de los libros. Lo hice de joven, de estudiante, y me di cuenta enseguida de que aquello era lastrar las lecturas venideras, mías o de otro lector, porque no siempre usa uno el subrayado con el mismo fin. Ahora, como mucho, y a lápiz para poder borrar, destaco unas líneas con un punto en el margen o anoto el significado de una palabra. Tampoco abuso de los pósits de colores.

La coexistencia de subrayados y marcapáginas en un mismo libro conforma una especie de palimpsesto polimórfico que recoge sucesivas lecturas. Lo he comprobado esta misma tarde con el libro de las Odas del poeta Horacio, en el que he encontrado, además de subrayados a lápiz, una hoja seca, un marcapáginas de imprenta promocionando una obra, una pulsera de tela y una hoja impresa con publicidad de la editorial que publica el libro del poeta latino.

De los destacados a lápiz ha salido éste al azar del hojeo: la exhortación a una tal Leucónoe para que disfrute el momento y no piense cuándo la parca Átropo cortará el hilo de su existencia o la de su amigo el poeta:

No preguntes, Leucónoe, para cuándo
fijaron los dioses tu muerte o la mía,
ni atiendas a las cábalas de Oriente:
sacrilegio es saber.


El segundo marcador es una hoja seca preciosa, color púrpura, con las nerviaciones rosadas, de apenas cinco centímetros, acabada en finísima punta, hoja primeriza quizá, primaveral, de un ciruelo de jardín, depositada entre las páginas 34-35 para destacar un poema báquico dedicado por el poeta a su amigo Varo, instándole a que cultive un viñedo y beba moderadamente, para aliviar las penas del vivir, porque a los abstemios Baco sólo les envía disgustos y cabreos:

Un dios ha destinado a los abstemios
sólo enojos, y hay un camino sólo
para desvanecer la angustia
que nos muerde.


Entre las páginas 62-63, la editora de las odas horacianas publicita sus colecciones de clásicos: serie griega, serie latina, volúmenes aparecidos y en preparación. En la oda que me interesa, dirigida por el poeta a su amigo Delio, lo anima a no caer en el abatimiento en los momentos difíciles y a no “venirse arriba” en los de alegría, porque un mismo fin nos espera todos:

Conserva un espíritu sereno
en las dificultades, y, si la suerte te sonríe,
huye de una alegría insolente,
Delio, que has de morir,
tanto si viviste en la tristeza
como si, acostado sobre la hierba,
te hace feliz un añejo falerno
en los días de fiesta.


En la oda número 6 del Libro Segundo el poeta declara el deseo de pasar sus últimos años en la ciudad de Tívoli, al norte de Roma, y si no es posible allí, lo sea a orillas del río Galeso, en Tarento, donde en largas primaveras y suaves inviernos pacen lanudas ovejas, las abejas fabrican la miel más exquisita, los olivos el mejor aceite de Roma y las vides un vino que en nada envidia al falerno. El poema comienza con unos versos en que el poeta afirma la lealtad de su amigo Septimio, que no dudaría en acompañarlo a los más lejanos y salvajes territorios. Se nombra en ellos la ciudad de Cádiz y marca la página una cinta de tela de un centímetro de ancho, blanca por un lado, azul por otro, con los símbolos –un ancla, un atún– y el nombre de Zahara de los Atunes – blancos por un lado, azules por otro–, a orillas del atlántico océano, lugar placentero donde no estaría mal despedirse –despedirme– de este mundo:

Y si el rigor de las Parcas me prohíbe
este lugar, buscaré el agua del dulce Galeso
con sus peludas ovejas, y los campos
donde reinó el laconio Falante…


Las páginas 72-73 están señaladas por el marcapáginas de una editorial –Utopía Libros–, que promociona un nuevo libro de poesía; en la página 73 aparece la oda dirigida al amigo Licinio, exhortándole a evitar peligros innecesarios, a mantener la esperanza ante las adversidades y a no dejarse llevar por el exceso de optimismo. Los versos marcados formulan el tópico filosófico de la aurea mediocritas:

Quien elige la dorada medianía
está a salvo. Su casa no está sucia
ni se tambalea. Nadie envidia
su palacio. Cuanto más alto el pino,
más lo agitan los vientos: las torres elevadas
son las que caen con mayor estruendo.


En estos versos de las odas de Horacio no está solamente su espíritu, su actitud ante la vida y la muerte, su no dejarse avasallar por el exceso de optimismo o de pesimismo, su deseo de no destacar ni por arriba ni por abajo. A mi manera, con mis subrayados a lápiz, con mis marcadores –mis guiños a la posteridad–, también aparecen ciertos rasgos de mi carácter, de mi espíritu, bellamente expresados en una lengua que llaman muerta porque no se habla pero viva para mí, que la leo y la siento bullir en estos versos. Algún día futuro, cuando yo no esté aquí y mis hijos, mis nietas o mis sobrinos abran este libro, encontrarán a Horacio, pero también una parte de mí.

Ahí me tenéis en letra y en espíritu.



domingo, 4 de octubre de 2026

El bacilo de Koch


 (Apuntes sobre una novela)

Navacerrada, sábado 11–8–73

       Recibe, Matilde, mi saludo cariñoso desde este bonito pero aburridísimo rincón. Ya está bien de reposo, pero no sé por qué me parece que este verano no voy a poder [ilegible] a mi querida Laura. Allá veremos. Ya sé que estás muy ocupada con tu casita de S. Andrés y la otra, ¿qué has hecho con ella?
       Por aquí muy bien, pero estoy ya de verano hasta la cabeza.
      Fue una pena la pérdida de mi Pemán coruñesa. Saludos a Maruja y para ti un abrazo.
      Tu amiga Elisa

*

      Estábamos en la escuela una mañana cualquiera. Alguien avisaba y el maestro nos hacía salir en fila hacia el lugar donde nos esperaban los auxiliares. La vacuna de la tuberculosis era un pinchazo en la parte superior trasera del brazo que dejaba de por vida una cicatriz redondeada. No era raro ver en el dispensario llantos, berridos e intentos de zafarse de los brazos de los practicantes o de las madres para evitar el pinchazo. La verdad es que no dolía, pero le temíamos a las agujas. Así aprendimos nuestras primeras nociones de inmunología, supimos del señor Koch y del bacilo en forma de bastoncillo que causaba la tuberculosis, que hasta entonces no sabíamos si era la misma enfermedad que la tisis.

      La tuberculosis estaba entonces –primeros años 60– en retirada, pero seguía siendo un mal mortal. En Córdoba, en plena sierra, visible desde muchos puntos de la ciudad, se levantaba el sanatorio de Los Morales, cuyo solo nombre ya ensombrecía el ánimo de niños y mayores.

      No sé de dónde viene la imagen literaria, romántica, de la tuberculosis como un mal elegante, propio de seres espirituales con extrema palidez y estéticas chapetas, consumidos e insomnes, entregados a sus sueños y a sus amores imposibles, ni si existió en el XIX aquella moda, sustentada al parecer por el poeta Byron, de beber vinagre para lograr el aspecto frágil, demacrado y de ojos brillantes –por la fiebre– de los verdaderamente enfermos.

**

     
      De estos últimos trata precisamente Pabellón de reposo, la segunda novela de C. J. Cela. Publicada por entregas en el semanario El Español, entre el 13 marzo y el 21 de agosto de 1943, y como libro al año siguiente, la novela presenta la vida de varios enfermos de tuberculosis durante el verano en un sanatorio. Dejando a un lado la monumental montaña mágica de Thomas Mann, el referente más cercano que se me ocurre es el cuento «El dúo de la tos», de Leopoldo Alas, «Clarín», algunos de cuyos elementos asoman claramente en la novela de Cela: la manera de llamar a los personajes (por el número de la habitación que ocupan); la alternancia de voces narrativas (los personajes, el autor); el aislamiento del mundo (un hotel en la costa, un sanatorio en la sierra); el desenlace.

      La génesis de la novela parece estar en las dos estancias de Cela en sanatorios antituberculosos en la sierra de Madrid, una en 1931, a los 15 años, en Guadarrama, otra en 1942, en Hoyo de Manzanares.

      La estructura narrativa de Pabellón de reposo está bien construida: dos partes de siete capítulos cada una, más un intermedio entre la primera y la segunda parte, con un epílogo al final de ésta. Como novedad técnica aparecen siete voces narrativas (4 hombre y 3 mujeres) –un joven de 32 años, con título universitario, algo poeta, iluso y con pánico a la muerte; la señorita del 37, una mujer hermosa, romántica, que llora por las noches, optimista respecto a la enfermedad, que teme a la soledad; un propietario rural, soltero, que recuerda con nostalgia su infancia y juventud, amante de los clásicos, a quien le gusta la señorita del 40 pero ha sido rechazado por ella; la señorita del 40, recién ingresada en el sanatorio, guapa, amante de afeites y cosméticos, de aspecto angelical y voz suave pero con una tos terrible, tiene sueños extraños y pesadillas, y echa de menos el alterne, la vida nocturna de la capital; un enamorado abrumador que resulta empalagoso y cansino, parece salido de un serial radiofónica o de una novelilla amorosa; la señorita del 103, que mantuvo relación con un joven marino ya muerto; un banquero que dirige su oficina desde la habitación del sanatorio mediante cartas de negocios y personales a su hombre de confianza–, siete voces, decía, a razón de dos intervenciones, una en la primera parte, otra en la segunda, en el mismo orden. A esta multiplicidad de voces debemos añadir la del autor, que aparece en el intermedio y en el epílogo e irrumpe inesperadamente en los capítulos 4 y 6 de la segunda parte para precisar algún dato sobre un personaje o para mostrarnos, en un ejercicio de metaliteratura, su decidida voluntad de que la novela, que entonces estaba apareciendo por entregas, se publicara hasta el final.

      Tal riqueza de perspectivas se completa con la variedad de discursos, con la multiplicidad de tipos textuales: cartas, diarios, recuerdos de infancia y juventud, monólogos, consideraciones sobre la enfermedad y sobre la muerte, observaciones sobre la vida del sanatorio, sobre el paisaje, presentes de principio a fin de la novela. No obstante estas posibilidades técnicas –narración coral, multiplicidad de voces, variedad de géneros géneros textuales– y en una primera lectura, no acierta Cela a distinguir estilísticamente con nitidez la singularidad de cada una de estas voces, creando en ocasiones dudas en el lector sobre qué voz estamos escuchando en cada momento.

      Desde el momento en que el enfermo ingresa, el sanatorio se convierte en una especie de presidio, de establecimiento carcelario, de campo de prisioneros, donde los enfermos son despojados inmediatamente de su identidad en el mundo de fuera: pierden su nombre (el pobre muchacho del 14; la pobre 37, ¡con lo mona que es!; el pobre 52 es hermoso, como una hortensia moribunda) su historia personal (Mi juventud quedó en aquel salón, afirma la señorita del 40 al recordar su primer vómito de sangre en una sala de baile), su condición, su papel en la sociedad, y se igualan por la la enfermedad y el aislamiento del resto de la sociedad.

      Afirma Raquel Velázquez1 que en Pabellón de reposo Cela «opta por una representación tamizada de la realidad» en un intento, creo, de suavizar el gusto del autor por el tremendismo (exageración de los aspectos más crudos de la realidad) como se comprueba en La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Pero sin que haya regodeo en lo desagradable, no dejan de aparecer en la novela detalles sobre los daños y estragos físicos de la enfermedad: hemoptisis, escupitajos sanguinolentos, pulmones encharcados, toses terribles, drenajes, plastias, fiebres, pérdida alarmante de peso, palidez extrema y chapetas, disneas, punciones, insomnios, pulsaciones, velocidad de sedimentación...

      La historia de estos siete enfermos puede quedarse ahí, entendiendo Pabellón de reposo como un ejemplo más de literatura sanatorial, de escritura patográfica, de novela que cuenta cómo la enfermedad asedia a los personajes. O podemos ir más allá del ejemplo de novela testimonial y considerar que la enfermedad presente en el libro es un símbolo, la imagen del mundo hostil y despiadado al que hemos de enfrentarnos evitando sus múltiples asechanzas. Otra posibilidad interpretativa, aunque Cela en estos años era hombre del régimen, es la de identificar el mal con la terrible España franquista nacida de la guerra civil, una España prisión para muchos, o durísimo campo de trabajo, un país aislado del resto del mundo donde se contaban por miles los españoles y españolas perseguidos, represaliados y condenados.

      Pabellón de reposo es una novela sentimental, un relato amoroso, bien por las relaciones afectivas que se establecen entre los enfermos, bien porque esas relaciones sentimentales existían fuera, antes de contraer la enfermedad y se han visto interrumpidas por ella. Cada narrador lleva consigo una historia de amor o desamor: el que tiene una querida, el rechazado, la señorita que tiene novio pero ama a otro, el amador empalagoso, el marinero enamorado…

      La muerte, presente en el pensamiento de todos los enfermos, es la gran protagonista de la obra. No queda otra que aceptar ese hecho con serena resignación, pues que así lo ha dispuesto Dios –“Existe Dios, amada mía, pero no está de nuestra parte”–, lo que no impide que se rebelen ante su fatal destino –“Esto es desesperante, Dios mío, ¿por qué no os dignáis darme un ápice de lo que a manos llenas derramáis sobre la Humanidad?–, y suplique por la liberación de los padecimientos de la enfermedad.

***

      El ejemplar de Pabellón de reposo que acabo de leer lleva pegado en la página de cortesía el resguardo matriz de la librería papelería Arenas, de La Coruña, sita entonces en Cantón Grande, 21. Entre las páginas del libro, comprado en El Rastro madrileño, venía una tarjeta postal con una vista general de Navacerrada que calculo de los sesenta. La imagen, tomada en un día luminoso de sol y nubes blancas, con nieve en las alturas, deja ver un pequeño caserío que ahora supongo mucho más abigarrado de chalets, hoteles, residencias y hospitales. Antes de mirar el reverso de la postal, fantaseé la posibilidad de que apareciera una relación directa con el libro de Cela: un paciente tuberculoso que pasa el verano en este pueblo serrano de aire puro, fresco y sanador; o una mujer gallega que regresa al sanatorio, ahora hotel, en que se recuperó de la enfermedad. En fin, imaginaciones y también algunas preguntas.

      Cómo ha llegado este ejemplar a mis manos es ocasión de curiosidad. Este volumen pertenece a la quinta edición, aparecida en noviembre de 1971. Presumo que la propietaria, o al menos la última lectora, es la destinataria de la postal, Matilde Debén, vecina de La Coruña, pero tengo dudas sobre las fechas en que leyó la novela de Cela y el momento en que depositó en el interior del libro la tarjeta que su amiga Elisa le envió desde Navacerrada el 11 de agosto de 1973. ¿Qué ocurrió después? ¿Qué camino siguió el libro hasta el domingo en que lo encontré en El Rastro? ¿Quién y dónde y por qué lo vendió a un rastrero? ¿Por qué viajó el libro desde La Coruña a Madrid? ¿Por qué esa tarjeta postal en ese libro precisamente? ¿Por qué Navacerrada, en la sierra madrileña, donde había más de un sanatorio para enfermos de tuberculosis? ¿Por qué la remitente habla de «reposo» en una postal guardada entre las páginas de un libro que se titula Pabellón de reposo y trata sobre enfermos tuberculosos? ¿Quién era la remitente? ¿Y Maruja? ¿Quién se esconde bajo el apelativo de la “Pemán coruñesa”?

      Sobre una Matilde Debén Galán he podido averiguar que nació en La Coruña en 1943 y murió con 72 años, el 12 de noviembre de 2015. Si es la misma persona, en 1973, cuando recibió la postal de su amiga Elisa, tenía 30 años.

      Podría haber aquí una novela que respondiera a todas esas preguntas, que nos contara la historia de estas mujeres y nos aclarara las causas de ese “reposo” veraniego en Navacerrada, cuarenta años después del verano en que transcurre la obra de Cela. Una novela sentimental femenina de intriga, con venganza y asesinato, y un detective psicológicamente...


__________

1  Raquel Vázquez Vázquez, «Pabellón de reposo, de C. J. Cela, a la luz de las reflexiones sobre el papel de las narrativas patográficas en la curación del enfermo de tuberculosis», RILCE 34.2 (2018): 846-67.

martes, 22 de septiembre de 2026

Presencia

    En el inmenso abismo azul donde caen las tardes del verano y los recuerdos de la niñez.

En el vuelo extático de satélites y planetas.

En las brumas, en las rosas del alba, en las malvas y violetas del ocaso.

En la alta danza del álamo en la ribera, en el roce de la brisa entre sus hojas.

Ahí está tu huella.

La luz de tus abrazos.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Tus pasos

    La tierra del camino cruje a tus pasos. Contrapuntea sostenido el bastón en la mano derecha, a tramos en la izquierda. Marchas andante, resuelto, alegre el ánimo.

Ilusiona ver hacerse el día, desaparecer paso a paso la oscuridad de la madrugada, sentir el fresco mientras apunta el alba sus claridades, sus delicadas rosas, sus tenues malvas, fugaces, cambiantes.

Anádele en unos pasos nubes grises, franjas amarillas, anaranjadas y rayos de luz blanca por el este. El verde seco de la retama. El de las viejas encinas entre los campos dorados de mies segada y de barchechos. El de un tupido cañaveral, como un oasis, en primer término. El aroma del hinojo en las cunetas.

Paso a paso discurre el caminar, que es el vivir. Que es el soñar.

No conozco otra forma de la esperanza, de seguir en la briega. En la lucha.

Un hombre camina en busca del sol. 


lunes, 14 de septiembre de 2026

Música de órgano


 Iglesia de San Maclou (Ruan)


Es la complicidad de la cruz

La sutil firmeza de los nervios

de la piedra,

de la ciencia,

de la fe.


Son las bóvedas y crucerías,

almos espacios de mansedumbre

donde anida la divinidad,

donde las notas crean un mar,

alto y denso mar que nos anega,

y nos colma,

nos da calma

plenitud.


Es el aire haciéndose música,

la piedra proclamando la fe,

la música haciéndose oración.


martes, 1 de septiembre de 2026

Cementerio de Varengeville-sur-Mer

 (Tumba de Georges Braque)


El mar es plata hirviendo
al sol de mediodía.

Materia en movimiento,
vida que arde
y nunca se consume.

Por eso los dioses aman el mar.

Aquí en las alturas
el astro ilumina el interior de las tumbas
y hace llevadera
esa eterna quietud vuestra.

Altura y luz.
Y el mar batiendo a vuestros pies.


Fotografía: Luis Pozo


martes, 28 de julio de 2026

Bufón مُهَرِّج

 La historia de un país está escrita en su lengua. El ser, el carácter de un pueblo, asoma y va fraguando en su manera propia de hablar, de crear palabras nuevas o de tomarlas de otra lengua, modulando sus sonidos tanto como sus diferentes significados.

Los árabes omeyas que establecieron su califato en Córdoba, traían en su séquito, como toda corte oriental u occidental que se preciara, su entretenedor privado, su hombre polivalente –acróbata, malabar, bromista– su hombre ocurrente y de afilada lengua, procaz y satírica, al que llamaban muharriǧ o muharraǧ. En su paso a la lengua de los cristianos no se tradujo el término, no se buscó el concepto, ni se recurrió al griego o al latín, al hipocrités, al histrión, al mimo o al comediante, sino que se procuró la trasliteración, la mímesis fonética, lo cual supuso al final del proceso una notable transformación del original árabe, que acabó en el mamarracho o mamarracha con que hoy se denigra a una persona estrafalaria o ridícula.

Los cristianos en contacto con los musulmanes imitaron con bastante fidelidad los sonidos de la palabra árabe y decían moharracho y moharrache. Esa cuarta sílaba -cho/-che surge porque el castellano desconoce el sonido -ch- en final de palabra –la palatal africada sorda castellana [ch] recogía la prepalatal africada sonora [ǧ]–, y le añade una vocal. Una castellanización en lugar de moharrach/moharrich.

Con ese aspecto y esa sonoridad tan medieval y arabesca, moharracho y moharrache llevan siglos en nuestra lengua, en nuestros diccionarios. Ya en 1495, Elio Antonio de Nebrija recoge en su Vocabulario español latino la palabra moharrache, y la variante homarrache, como “personatus”, es decir, como alguien con máscara, como un actor. Ambos términos, moharracho y moharrache, se mantienen hoy en nuestro diccionario académico como sinónimos, y mantienen parte de su significado originario: “Persona que se disfraza ridículamente en una función para alegrar o entretener a los demás, haciendo gestos y ademanes ridículos”. El bufón cortesano, recordemos, el que entretiene, el showman que hacer reír y también pensar, el que nos hace reflexionar sobre la fragilidad de nuestra condición, sobre la voluble fortuna, sobre la necesidad de la risa y la diversión. Un personaje positivo, beneficioso, útil a los demás.

El reducido grupo léxico integrado por moharrache, moharracho, homarrache, momarrache, moharache, documentadas desde 1450, se ha mantenido fiel a sus orígenes, como una familia de artistas de circo que sigue la tradición familiar: vestirse con llamativas prendas y divertir con sus palabras, sus muecas y sus habilidades corporales. El tiempo añadió más rasgos definitorios: figura mal hecha o mal pintada, adorno ridículo y estrafalario, adefesio… Pero, por continuar con la metáfora, sin abandonar nunca la identidad familiar, la pista del circo, la escena, el espectáculo ante el público. Moharrachos de toda la vida, cómicos de vieja tradición y condición, como los que se encuentra don Quijote en Las Cortes de la Muerte: «el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó es esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles». No está documentado el paso de moharracho a mamarracho, con esa reduplicación de la consonante y ese cambio vocálico, que Alex Grijelmo achaca a una supuesta preferencia de los hispanohablantes por la reduplicación consonántica y vocálica en los insultos, según leemos en su reciente artículo «La palabra ‘mamarracho’ como distracción»1, donde aporta algunos ejemplos: cantamañanas, ganapán, pelele, papanatas, tiquismiquis, tarambana, zorrocotroco...

La palabra mamarracho, en cambio, está registrada mucho más tarde que sus parientas. La encontramos –“A scurvy ugly Figure; a base piece of Painting; a Maulkin; jack-puddin” (una figura fea y despreciable; una mala obra de pintura; un espantapájaros, un payaso)– en un repertorio léxico obra del inglés John Stevens, autor de A new Spanish and English dictionary, publicado en Londres en 1706. Nuestro diccionario académico recogerá la palabra un siglo más tarde, en su edición de 1803, definiéndola como “figura defectuosa y ridícula, o adorno mal hecho o mal pintado”. Nada que ver con el origen y función social del término: ha desaparecido toda referencia al papel de un actor que divierte al público y mete pullas, chocarrero y filósofo a un tiempo.

Si atendemos al vigente diccionario de la RAE, el mamarracho o la mamarracha de nuestros días están desnaturalizados, han olvidado su noble y benéfico origen –mover a risa, divertir–, y se definen simplemente como personas estrafalarias o ridículas, desvinculadas de toda comicidad activa, o bien como algo muy mal hecho y ridículo.

No deja de ser curioso cómo el significado de la palabra ha ido en una determinada dirección, dejando atrás todo rastro de teatralidad, de pertenencia a la farándula, a los cómicos que con sus vestimentas estrafalarias entreveran risas y pullazos al poder, a la religión, a los usos y modas, a los vicios y defectos sociales. Curioso también que los hablantes hayan ido olvidando aquellas viejas palabras arabíes que sí conservaban memoria del bufón. Y curiosa finalmente la escasa cantidad de arabismos vivos en castellano después ochocientos años de presencia de árabes en nuestra península.

Un idioma no deja de ser un campo de juego, un terreno de lucha, en el que se enfrentan fuerzas –lenguas– invasoras y lenguas que se protegen. En esa circunstancia de lenguas en convivencia, puede haber una dominante y prestigiada, y otra relegada al ámbito privado y familiar (diglosia) o, en el mejor de los casos, una situación de bilingüismo, o multilingüismo, que pudo ser el caso de muchos hablantes cristianos, musulmanes y hebreos en la España medieval. Desde principios del siglo VIII hasta finales del XV y algo más allá, convivieron múltiples lenguas en la península y hubo ósmosis entre ellas, se tomaban palabras y se prestaban palabras, se adaptaban a los hábitos fonéticos y ortográficos de unas y otras, se modificaban significados, como vemos que ocurrió con mamarracho, una palabra árabe castellanizada, que ni en su cuna árabe ni en su paso a territorio castellano llevaba trazas de ser lanzada contra alguien como agravio, sino que definía una profesión, la ocupación de los cómicos, de los bufones.

Pero donde unos vemos una hermosa y aleccionadora muestra de convivencia lingüística, una fusión de recursos y por tanto un enriquecimiento mutuo; donde unos consideramos lo positivo de la diversidad y de la mezcolanza, de la amalgama, otros, ignorantes de la historia de su país y de su lengua, utilizan la palabra mamarracho/mamarracha como insulto, como improperio descalificante, no para el diálogo, no para la integración de perspectivas, ni para la construcción, sino para el enfrentamiento y la ofensa tabernaria.

                          ***

1 El País, 26 julio 2026.