jueves, 15 de octubre de 2026

Vultures


1 Historia de Bulis, Egipio, Timandra y Neofrón

Cuenta Antonino Liberal en sus Metamorfosis que el joven Egipio, hijo de Bulis y de Anteo, se enamoró de la bella Timandra, viuda y madre de Neofrón, y que enseguida se hicieron amantes. Sin embargo, y a pesar de la amistad entre ambos muchachos, no veía Neofrón con buenos ojos tales amoríos, de manera que después de mucho magín ideó un engaño que sirviera de escarmiento y pusiera fin a esos devaneos maternos.

Comenzó primero por seducir con dinero y bellos regalos a la madre de su amigo, hasta que consiguió atraerla a su casa y poseerla. Ojo por ojo, diente por diente, tú con mi madre, yo con la tuya, dijo para sí el agraviado Neofrón.

El segundo estadio de la trama, un enredo de comedia, pasaba por tres acciones síncronas, a saber: hacer salir a Timandra de su casa en las últimas horas del día y que pasara la noche en la de una amiga, a la par que Bulis entraba en la casa de Timandra creyendo tener una cita con Neofrón, y al tiempo mismo en que Egipio acudía a casa de su amigo pensando encontrarse con su amada Timandra.

La del alba sería cuando despertó Egipio y vio a su madre en el lecho donde sin saberlo habían gozado larga y plenamente uno del otro en la penumbra de la noche y cayó en la cuenta y en el horror del engaño y del incesto y lloró desgarrado y sin consuelo e invocó a los dioses y suplicó ayuda y solución. Despierta también Bulis, y horrorizada, quiso cegar con una espada a su propio hijo, cuando solícito acudió Zeus, actuó con determinación y optó por la metamorfosis, transformando en aves a los implicados en el enredo: Bulis fue de inmediato una especie de alcaraván que se alimentaría en adelante de ojos de peces, de culebras y de otras aves; Timandra se oyó de pronto entonar el canto aflautado y delicioso del herrerillo, mientras Egipio y Neofrón, metamorfoseados en buitres, volaban silenciosos en altos círculos.


2 Historia del gigante Ticio

Habiendo el mujeriego Zeus preñado a la mortal Elara, y para evitar el enojo de su esposa Hera, la escondió en las profundidades de la tierra, hasta que de ella nació el gigante Ticio que se convertiría un ser violento y arrogante, dominado por la hybris, tan salido como su padre.

Pasaron los días y la celosa Hera, con motivos de más para serlo, encontró otra rival en la diosa Lato –que dio dos hijos, Apolo y Artemisa, al omnipotente padre Zeus–, y buscó la vía vicaria para perjudicar a su oíslo infundiendo en el ánimo del descomunal Ticio la infame urgencia de violar a Lato, hecho que estuvo a punto de suceder, sino que a los gritos de la madre acudieron prestos los hijos, Apolo y Artemisa, aseateando y dando muerte al libidinoso.

Cuentan los antiguos que Ticio, caído en el suelo, ocupa la superficie equivalente a nueve yugadas o a un estadio olímpico. Atado de pies y manos sufre horrenda condena in aeternitatem: dos buitres le devoran las entrañas, que se regeneran cada ciclo lunar.


3 Aigipiós / Vultur

Dos historias con olor a libido, a celo desatado, de amores inconvenientes, adúlteros, incestuosos, de crueles venganzas y espantosos castigos. Dos historias también con buitres. La segunda nos remite a la conocida imagen de Prometeo encadenado, y nos recuerda los inútiles esfuerzos de Sísifo, de las Danaides, el atroz tormento de Tántalo o el de Ixión atado a una rueda de fuego que gira y gira por los siglos de los siglos.

Ninguna de esas rapaces –gran enverdadura, cabeza y cuello implumes, en el resto del cuerpo plumaje pardo oscuro– en que acaban convertidos los personajes de estas dos fábulas sugiere los rasgos negativos que hoy tiene la palabra buitre en determinados contextos y situaciones.

Los griegos antiguos tenían dos palabras de la misma raíz para nombrar a estas rapaces –γυψ (gips), αιγιπιός (aigipiós)– relacionada con Egipio, uno de los protagonistas de las historias de más arriba. Pero da más de sí esta matriz etimológica que encontramos en los nombres científicos del buitre leonado (GYPS FULVUS), del buitre negro (AEGYPIUS MONACUS), del alimoche (NEOPHRON PERNOPTERUS) y del quebrantahuesos (GYPAETUS BARBATUS).

Los romanos, en cambio, solo tenían una palabra, vultur, de cuyo acusativo singular vulturem, una vez experimentadas en su forma ciertas leyes de la gramática histórica –sistema de cinco vocales sin oposición de cantidad, pérdida de la -m final, betacismo, síncopa de la vocal postónica, vocalización de -l- en posición implosiva– procede nuestro buitre. El vultur latino designaba al ave de rapiña, pero ya se usaba en sentido figurado para señalar a un hombre rapaz o codicioso, o para apuntar al captador de herencias.

El Diccionario de la RAE define buitre como un ave rapaz [...] que se alimenta de carne muerta y vive en bandadas. En una segunda acepción es un buitre quien busca beneficio o enriquecimiento a costa de otra. También lo es, en tercera acepción, la persona que persigue a otra para mantener una relación sexual pasajera. De la raíz culta latina (VULTUR) apenas queda rastro en nuestra lengua, dos adjetivos: vultúrida y vulturín. De la evolucionada contamos con buitrear, buitrera, buitrero, buitrino, buitrón. En cuanto a los modismos y frases hechas destacamos fondo buitre, descrito como fondo de inversión de carácter especulativo que compra deuda o activos de empresas o instituciones en graves dificultades. El adjetivo especulativo apunta ya en una dirección clara: comprar barato y vender carísimo.

Creo que quienes hemos visto westerns en nuestros años mozos recordamos la escena tópica de una bandada de buitres sobrevolando a un vaquero, o a su caballo, herido y moribundo. Esa que habíamos visto tantas veces en la ficción de la pantalla se hizo real cuando en los años noventa vimos la fotografía tomada en Sudán de un niño desfallecido en el suelo al que observaba de cerca un buitre. Hoy sabemos que el niño sobrevivió a aquella horrible experiencia, pero la imagen del buitre a la espera es imborrable.

El buitre no suele atacar, no es cazador, se alimenta de animales que él no ha cazado. Los humanos, por lo general, tampoco somos predadores, nos alimentamos de carne muerta, de animales que otros han matado para nosotros. Compartimos la necrofagia con los buitres. La mayoría en el sentido literal. Otros, los menos, en el sentido moral.

La escena del buitre acechando al niño sudanés es horripilante, pero el animal obedece a sus instintos. Su conducta entra dentro del ciclo natural de la vida, forma parte de la cadena trófica y del reciclaje orgánico, no tiene conciencia de estar obrando bien ni mal. Simplemente espera que la víctima muera para empezar a desgarrar su carne y alimentarse. Es su naturaleza.

Hay, sin embargo, buitres morales, seres voraces y sin escrúpulos que visten trajes y camisas a medida, usan perfumes caros, tienen casas con piscina en urbanizaciones selectas, que establecen sus oficinas en los pisos altos de los edificios para sobrevolar las ciudades, elegir a sus víctimas y controlar el mercado de viviendas mediante el alza desmedida de los precios de compra y de alquiler con los que obtener sonrojantes beneficios (alta rentabilidad) en el menor plazo y durante el mayor tiempo posible. Son los responsables de la gentrificación en las ciudades, de que hayan desaparecido los vecinos y las tiendas de barrio, de que una persona tenga que dedicar la mitad, o más, de su salario a pagar el alquiler, de que sólo los afortunados tengan opción de comprar una vivienda, responsables de miles de deshaucios al año en un país que presume de democracia y de ser locomotora económica.

Los acaudalados seres buitre –van a medias en desorbitadas ganancias con los bancos–, han convertido en esclavos del alquiler o de la hipoteca a un inmenso número de personas, son especuladores apoyados por políticos vendidos al salvaje liberalismo capitalista, acumuladores de riqueza, dueños de un país al que hacen infeliz privándolo de un derecho constitucional.

La palabra buitre no goza de buena fama en nuestra tierra. Nos toca demasiado las entrañas. En los viejos mitos griegos se castigó la lujuria de Egipio y Neofrón convirtiéndolos en buitres. Pero eso son sólo cuentos ejemplares. Los dioses gobernaban entonces el mundo a su antojo y los buitres no vivían de la carroña humana. Eso es sólo literatura. El problema de fondo son los otros buitres.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Marcapáginas

 



Me sucede con frecuencia abrir un libro para consultar un dato, para recordar una idea del autor o comprobar una cita y encontrarme un señalador –un billete de metro, la entrada de un concierto o de un museo, un tique de aparcamiento, un pósit con anotaciones, la cuenta de un café de París, la tarjeta de visita de un librero de Milán, una carta de la baraja española…–, y descubrir que ese billete de metro o la entrada del concierto no están donde están por simple azar, por pura casualidad, sino porque de alguna manera se relacionan con el texto de las páginas entre las que aparecen. Cuando abro, por ejemplo, el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española y encuentro una fotografía de Marcel Proust entre las dos páginas en que aparece la entrada «magdalena», sonrío al imaginar la sorpresa de quien hojee el diccionario y descubra la conexión.

Los libros también guardan memoria de sus dueños, de sus lectores. Lo hacen cuando abrimos uno leído años atrás y recordamos con viveza las circunstancias de su lectura, el lugar y los días en que lo hicimos, sin que entonces anotáramos la fecha y el lugar en que lo compramos. De alguna manera, material o inmaterial, el lector permanece en el libro. A veces basta sacarlo del estante y hojearlo para encontrarnos con nosotros mismos, con el lector –con la persona– que éramos. La biografía de un lector está en su biblioteca, en esos marcapáginas voluntarios o involuntarios, en las esquinas dobladas, en el orden de los estantes y en el trato que da a esas criaturas vivas que son los libros.

Está también en los subrayados y en las anotaciones de los márgenes. Nunca he sido partidario de subrayar ni de garabatear en los márgenes de los libros. Lo hice de joven, de estudiante, y me di cuenta enseguida de que aquello era lastrar las lecturas venideras, mías o de otro lector, porque no siempre usa uno el subrayado con el mismo fin. Ahora, como mucho, y a lápiz para poder borrar, destaco unas líneas con un punto en el margen o anoto el significado de una palabra. Tampoco abuso de los pósits de colores.

La coexistencia de subrayados y marcapáginas en un mismo libro conforma una especie de palimpsesto polimórfico que recoge sucesivas lecturas. Lo he comprobado esta misma tarde con el libro de las Odas del poeta Horacio, en el que he encontrado, además de subrayados a lápiz, una hoja seca, un marcapáginas de imprenta promocionando una obra, una pulsera de tela y una hoja impresa con publicidad de la editorial que publica el libro del poeta latino.

De los destacados a lápiz ha salido éste al azar del hojeo: la exhortación a una tal Leucónoe para que disfrute el momento y no piense cuándo la parca Átropo cortará el hilo de su existencia o la de su amigo el poeta:

No preguntes, Leucónoe, para cuándo
fijaron los dioses tu muerte o la mía,
ni atiendas a las cábalas de Oriente:
sacrilegio es saber.


El segundo marcador es una hoja seca preciosa, color púrpura, con las nerviaciones rosadas, de apenas cinco centímetros, acabada en finísima punta, hoja primeriza quizá, primaveral, de un ciruelo de jardín, depositada entre las páginas 34-35 para destacar un poema báquico dedicado por el poeta a su amigo Varo, instándole a que cultive un viñedo y beba moderadamente, para aliviar las penas del vivir, porque a los abstemios Baco sólo les envía disgustos y cabreos:

Un dios ha destinado a los abstemios
sólo enojos, y hay un camino sólo
para desvanecer la angustia
que nos muerde.


Entre las páginas 62-63, la editora de las odas horacianas publicita sus colecciones de clásicos: serie griega, serie latina, volúmenes aparecidos y en preparación. En la oda que me interesa, dirigida por el poeta a su amigo Delio, lo anima a no caer en el abatimiento en los momentos difíciles y a no “venirse arriba” en los de alegría, porque un mismo fin nos espera todos:

Conserva un espíritu sereno
en las dificultades, y, si la suerte te sonríe,
huye de una alegría insolente,
Delio, que has de morir,
tanto si viviste en la tristeza
como si, acostado sobre la hierba,
te hace feliz un añejo falerno
en los días de fiesta.


En la oda número 6 del Libro Segundo el poeta declara el deseo de pasar sus últimos años en la ciudad de Tívoli, al norte de Roma, y si no es posible allí, lo sea a orillas del río Galeso, en Tarento, donde en largas primaveras y suaves inviernos pacen lanudas ovejas, las abejas fabrican la miel más exquisita, los olivos el mejor aceite de Roma y las vides un vino que en nada envidia al falerno. El poema comienza con unos versos en que el poeta afirma la lealtad de su amigo Septimio, que no dudaría en acompañarlo a los más lejanos y salvajes territorios. Se nombra en ellos la ciudad de Cádiz y marca la página una cinta de tela de un centímetro de ancho, blanca por un lado, azul por otro, con los símbolos –un ancla, un atún– y el nombre de Zahara de los Atunes – blancos por un lado, azules por otro–, a orillas del atlántico océano, lugar placentero donde no estaría mal despedirse –despedirme– de este mundo:

Y si el rigor de las Parcas me prohíbe
este lugar, buscaré el agua del dulce Galeso
con sus peludas ovejas, y los campos
donde reinó el laconio Falante…


Las páginas 72-73 están señaladas por el marcapáginas de una editorial –Utopía Libros–, que promociona un nuevo libro de poesía; en la página 73 aparece la oda dirigida al amigo Licinio, exhortándole a evitar peligros innecesarios, a mantener la esperanza ante las adversidades y a no dejarse llevar por el exceso de optimismo. Los versos marcados formulan el tópico filosófico de la aurea mediocritas:

Quien elige la dorada medianía
está a salvo. Su casa no está sucia
ni se tambalea. Nadie envidia
su palacio. Cuanto más alto el pino,
más lo agitan los vientos: las torres elevadas
son las que caen con mayor estruendo.


En estos versos de las odas de Horacio no está solamente su espíritu, su actitud ante la vida y la muerte, su no dejarse avasallar por el exceso de optimismo o de pesimismo, su deseo de no destacar ni por arriba ni por abajo. A mi manera, con mis subrayados a lápiz, con mis marcadores –mis guiños a la posteridad–, también aparecen ciertos rasgos de mi carácter, de mi espíritu, bellamente expresados en una lengua que llaman muerta porque no se habla pero viva para mí, que la leo y la siento bullir en estos versos. Algún día futuro, cuando yo no esté aquí y mis hijos, mis nietas o mis sobrinos abran este libro, encontrarán a Horacio, pero también una parte de mí.

Ahí me tenéis en letra y en espíritu.



domingo, 4 de octubre de 2026

El bacilo de Koch


 (Apuntes sobre una novela)

Navacerrada, sábado 11–8–73

       Recibe, Matilde, mi saludo cariñoso desde este bonito pero aburridísimo rincón. Ya está bien de reposo, pero no sé por qué me parece que este verano no voy a poder [ilegible] a mi querida Laura. Allá veremos. Ya sé que estás muy ocupada con tu casita de S. Andrés y la otra, ¿qué has hecho con ella?
       Por aquí muy bien, pero estoy ya de verano hasta la cabeza.
      Fue una pena la pérdida de mi Pemán coruñesa. Saludos a Maruja y para ti un abrazo.
      Tu amiga Elisa

*

      Estábamos en la escuela una mañana cualquiera. Alguien avisaba y el maestro nos hacía salir en fila hacia el lugar donde nos esperaban los auxiliares. La vacuna de la tuberculosis era un pinchazo en la parte superior trasera del brazo que dejaba de por vida una cicatriz redondeada. No era raro ver en el dispensario llantos, berridos e intentos de zafarse de los brazos de los practicantes o de las madres para evitar el pinchazo. La verdad es que no dolía, pero le temíamos a las agujas. Así aprendimos nuestras primeras nociones de inmunología, supimos del señor Koch y del bacilo en forma de bastoncillo que causaba la tuberculosis, que hasta entonces no sabíamos si era la misma enfermedad que la tisis.

      La tuberculosis estaba entonces –primeros años 60– en retirada, pero seguía siendo un mal mortal. En Córdoba, en plena sierra, visible desde muchos puntos de la ciudad, se levantaba el sanatorio de Los Morales, cuyo solo nombre ya ensombrecía el ánimo de niños y mayores.

      No sé de dónde viene la imagen literaria, romántica, de la tuberculosis como un mal elegante, propio de seres espirituales con extrema palidez y estéticas chapetas, consumidos e insomnes, entregados a sus sueños y a sus amores imposibles, ni si existió en el XIX aquella moda, sustentada al parecer por el poeta Byron, de beber vinagre para lograr el aspecto frágil, demacrado y de ojos brillantes –por la fiebre– de los verdaderamente enfermos.

**

     
      De estos últimos trata precisamente Pabellón de reposo, la segunda novela de C. J. Cela. Publicada por entregas en el semanario El Español, entre el 13 marzo y el 21 de agosto de 1943, y como libro al año siguiente, la novela presenta la vida de varios enfermos de tuberculosis durante el verano en un sanatorio. Dejando a un lado la monumental montaña mágica de Thomas Mann, el referente más cercano que se me ocurre es el cuento «El dúo de la tos», de Leopoldo Alas, «Clarín», algunos de cuyos elementos asoman claramente en la novela de Cela: la manera de llamar a los personajes (por el número de la habitación que ocupan); la alternancia de voces narrativas (los personajes, el autor); el aislamiento del mundo (un hotel en la costa, un sanatorio en la sierra); el desenlace.

      La génesis de la novela parece estar en las dos estancias de Cela en sanatorios antituberculosos en la sierra de Madrid, una en 1931, a los 15 años, en Guadarrama, otra en 1942, en Hoyo de Manzanares.

      La estructura narrativa de Pabellón de reposo está bien construida: dos partes de siete capítulos cada una, más un intermedio entre la primera y la segunda parte, con un epílogo al final de ésta. Como novedad técnica aparecen siete voces narrativas (4 hombre y 3 mujeres) –un joven de 32 años, con título universitario, algo poeta, iluso y con pánico a la muerte; la señorita del 37, una mujer hermosa, romántica, que llora por las noches, optimista respecto a la enfermedad, que teme a la soledad; un propietario rural, soltero, que recuerda con nostalgia su infancia y juventud, amante de los clásicos, a quien le gusta la señorita del 40 pero ha sido rechazado por ella; la señorita del 40, recién ingresada en el sanatorio, guapa, amante de afeites y cosméticos, de aspecto angelical y voz suave pero con una tos terrible, tiene sueños extraños y pesadillas, y echa de menos el alterne, la vida nocturna de la capital; un enamorado abrumador que resulta empalagoso y cansino, parece salido de un serial radiofónica o de una novelilla amorosa; la señorita del 103, que mantuvo relación con un joven marino ya muerto; un banquero que dirige su oficina desde la habitación del sanatorio mediante cartas de negocios y personales a su hombre de confianza–, siete voces, decía, a razón de dos intervenciones, una en la primera parte, otra en la segunda, en el mismo orden. A esta multiplicidad de voces debemos añadir la del autor, que aparece en el intermedio y en el epílogo e irrumpe inesperadamente en los capítulos 4 y 6 de la segunda parte para precisar algún dato sobre un personaje o para mostrarnos, en un ejercicio de metaliteratura, su decidida voluntad de que la novela, que entonces estaba apareciendo por entregas, se publicara hasta el final.

      Tal riqueza de perspectivas se completa con la variedad de discursos, con la multiplicidad de tipos textuales: cartas, diarios, recuerdos de infancia y juventud, monólogos, consideraciones sobre la enfermedad y sobre la muerte, observaciones sobre la vida del sanatorio, sobre el paisaje, presentes de principio a fin de la novela. No obstante estas posibilidades técnicas –narración coral, multiplicidad de voces, variedad de géneros géneros textuales– y en una primera lectura, no acierta Cela a distinguir estilísticamente con nitidez la singularidad de cada una de estas voces, creando en ocasiones dudas en el lector sobre qué voz estamos escuchando en cada momento.

      Desde el momento en que el enfermo ingresa, el sanatorio se convierte en una especie de presidio, de establecimiento carcelario, de campo de prisioneros, donde los enfermos son despojados inmediatamente de su identidad en el mundo de fuera: pierden su nombre (el pobre muchacho del 14; la pobre 37, ¡con lo mona que es!; el pobre 52 es hermoso, como una hortensia moribunda) su historia personal (Mi juventud quedó en aquel salón, afirma la señorita del 40 al recordar su primer vómito de sangre en una sala de baile), su condición, su papel en la sociedad, y se igualan por la la enfermedad y el aislamiento del resto de la sociedad.

      Afirma Raquel Velázquez1 que en Pabellón de reposo Cela «opta por una representación tamizada de la realidad» en un intento, creo, de suavizar el gusto del autor por el tremendismo (exageración de los aspectos más crudos de la realidad) como se comprueba en La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Pero sin que haya regodeo en lo desagradable, no dejan de aparecer en la novela detalles sobre los daños y estragos físicos de la enfermedad: hemoptisis, escupitajos sanguinolentos, pulmones encharcados, toses terribles, drenajes, plastias, fiebres, pérdida alarmante de peso, palidez extrema y chapetas, disneas, punciones, insomnios, pulsaciones, velocidad de sedimentación...

      La historia de estos siete enfermos puede quedarse ahí, entendiendo Pabellón de reposo como un ejemplo más de literatura sanatorial, de escritura patográfica, de novela que cuenta cómo la enfermedad asedia a los personajes. O podemos ir más allá del ejemplo de novela testimonial y considerar que la enfermedad presente en el libro es un símbolo, la imagen del mundo hostil y despiadado al que hemos de enfrentarnos evitando sus múltiples asechanzas. Otra posibilidad interpretativa, aunque Cela en estos años era hombre del régimen, es la de identificar el mal con la terrible España franquista nacida de la guerra civil, una España prisión para muchos, o durísimo campo de trabajo, un país aislado del resto del mundo donde se contaban por miles los españoles y españolas perseguidos, represaliados y condenados.

      Pabellón de reposo es una novela sentimental, un relato amoroso, bien por las relaciones afectivas que se establecen entre los enfermos, bien porque esas relaciones sentimentales existían fuera, antes de contraer la enfermedad y se han visto interrumpidas por ella. Cada narrador lleva consigo una historia de amor o desamor: el que tiene una querida, el rechazado, la señorita que tiene novio pero ama a otro, el amador empalagoso, el marinero enamorado…

      La muerte, presente en el pensamiento de todos los enfermos, es la gran protagonista de la obra. No queda otra que aceptar ese hecho con serena resignación, pues que así lo ha dispuesto Dios –“Existe Dios, amada mía, pero no está de nuestra parte”–, lo que no impide que se rebelen ante su fatal destino –“Esto es desesperante, Dios mío, ¿por qué no os dignáis darme un ápice de lo que a manos llenas derramáis sobre la Humanidad?–, y suplique por la liberación de los padecimientos de la enfermedad.

***

      El ejemplar de Pabellón de reposo que acabo de leer lleva pegado en la página de cortesía el resguardo matriz de la librería papelería Arenas, de La Coruña, sita entonces en Cantón Grande, 21. Entre las páginas del libro, comprado en El Rastro madrileño, venía una tarjeta postal con una vista general de Navacerrada que calculo de los sesenta. La imagen, tomada en un día luminoso de sol y nubes blancas, con nieve en las alturas, deja ver un pequeño caserío que ahora supongo mucho más abigarrado de chalets, hoteles, residencias y hospitales. Antes de mirar el reverso de la postal, fantaseé la posibilidad de que apareciera una relación directa con el libro de Cela: un paciente tuberculoso que pasa el verano en este pueblo serrano de aire puro, fresco y sanador; o una mujer gallega que regresa al sanatorio, ahora hotel, en que se recuperó de la enfermedad. En fin, imaginaciones y también algunas preguntas.

      Cómo ha llegado este ejemplar a mis manos es ocasión de curiosidad. Este volumen pertenece a la quinta edición, aparecida en noviembre de 1971. Presumo que la propietaria, o al menos la última lectora, es la destinataria de la postal, Matilde Debén, vecina de La Coruña, pero tengo dudas sobre las fechas en que leyó la novela de Cela y el momento en que depositó en el interior del libro la tarjeta que su amiga Elisa le envió desde Navacerrada el 11 de agosto de 1973. ¿Qué ocurrió después? ¿Qué camino siguió el libro hasta el domingo en que lo encontré en El Rastro? ¿Quién y dónde y por qué lo vendió a un rastrero? ¿Por qué viajó el libro desde La Coruña a Madrid? ¿Por qué esa tarjeta postal en ese libro precisamente? ¿Por qué Navacerrada, en la sierra madrileña, donde había más de un sanatorio para enfermos de tuberculosis? ¿Por qué la remitente habla de «reposo» en una postal guardada entre las páginas de un libro que se titula Pabellón de reposo y trata sobre enfermos tuberculosos? ¿Quién era la remitente? ¿Y Maruja? ¿Quién se esconde bajo el apelativo de la “Pemán coruñesa”?

      Sobre una Matilde Debén Galán he podido averiguar que nació en La Coruña en 1943 y murió con 72 años, el 12 de noviembre de 2015. Si es la misma persona, en 1973, cuando recibió la postal de su amiga Elisa, tenía 30 años.

      Podría haber aquí una novela que respondiera a todas esas preguntas, que nos contara la historia de estas mujeres y nos aclarara las causas de ese “reposo” veraniego en Navacerrada, cuarenta años después del verano en que transcurre la obra de Cela. Una novela sentimental femenina de intriga, con venganza y asesinato, y un detective psicológicamente...


__________

1  Raquel Vázquez Vázquez, «Pabellón de reposo, de C. J. Cela, a la luz de las reflexiones sobre el papel de las narrativas patográficas en la curación del enfermo de tuberculosis», RILCE 34.2 (2018): 846-67.

martes, 22 de septiembre de 2026

Presencia

    En el inmenso abismo azul donde caen las tardes del verano y los recuerdos de la niñez.

En el vuelo extático de satélites y planetas.

En las brumas, en las rosas del alba, en las malvas y violetas del ocaso.

En la alta danza del álamo en la ribera, en el roce de la brisa entre sus hojas.

Ahí está tu huella.

La luz de tus abrazos.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Tus pasos

    La tierra del camino cruje a tus pasos. Contrapuntea sostenido el bastón en la mano derecha, a tramos en la izquierda. Marchas andante, resuelto, alegre el ánimo.

Ilusiona ver hacerse el día, desaparecer paso a paso la oscuridad de la madrugada, sentir el fresco mientras apunta el alba sus claridades, sus delicadas rosas, sus tenues malvas, fugaces, cambiantes.

Anádele en unos pasos nubes grises, franjas amarillas, anaranjadas y rayos de luz blanca por el este. El verde seco de la retama. El de las viejas encinas entre los campos dorados de mies segada y de barchechos. El de un tupido cañaveral, como un oasis, en primer término. El aroma del hinojo en las cunetas.

Paso a paso discurre el caminar, que es el vivir. Que es el soñar.

No conozco otra forma de la esperanza, de seguir en la briega. En la lucha.

Un hombre camina en busca del sol. 


lunes, 14 de septiembre de 2026

Música de órgano


 Iglesia de San Maclou (Ruan)


Es la complicidad de la cruz

La sutil firmeza de los nervios

de la piedra,

de la ciencia,

de la fe.


Son las bóvedas y crucerías,

almos espacios de mansedumbre

donde anida la divinidad,

donde las notas crean un mar,

alto y denso mar que nos anega,

y nos colma,

nos da calma

plenitud.


Es el aire haciéndose música,

la piedra proclamando la fe,

la música haciéndose oración.


martes, 1 de septiembre de 2026

Cementerio de Varengeville-sur-Mer

 (Tumba de Georges Braque)


El mar es plata hirviendo
al sol de mediodía.

Materia en movimiento,
vida que arde
y nunca se consume.

Por eso los dioses aman el mar.

Aquí en las alturas
el astro ilumina el interior de las tumbas
y hace llevadera
esa eterna quietud vuestra.

Altura y luz.
Y el mar batiendo a vuestros pies.


Fotografía: Luis Pozo