viernes, 26 de junio de 2026

Meterle chola al Zapa

Reconozco la secuencia como perteneciente al español –el infinitivo, el pronombre átono pospuesto, la contracción, la factura léxica, morfológica y sintáctica–, pero no sé lo que quiere decir, no acierto con el referente de la frase: de qué se está hablando, qué quiere significar el emisor de este mensaje. Reconozco que no domino el código utilizado, que no comprendo la totalidad de lo dicho.

Conozco dos acepciones de la palabra chola. Una se oye en el ámbito coloquial popular y significa “cabeza”: Ese tío está mal de la chola. El segundo uso, en el mismo ámbito, en plural y con cierta intención eufemística, las cholas, nombra los testículos. Ninguno de los sentidos casa con la frase que tengo delante y que da título a esta entrada.

Acudo entonces al DRAE y tecleo «chola». En primera acepción, la chola es la cabeza; en segunda, se la hace sinónima de ‘entendimiento’ o ‘juicio’. Tampoco aclara la cuestión. Sigo sin saber qué quiere decir meterle chola. Al final del artículo encuentro esta advertencia: «Otra entrada que contiene la forma ‘chola’: cholo, la». Pincho el enlace y se despliegan dos acepciones semánticamente cercanas. En Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y República Dominicana, un cholo, una chola, es una persona mestiza de sangre europea e indígena, aunque en Ecuador, México, Panamá y Perú también se predica la ‘cholez’ de la persona indígena que adopta usos europeos. Es decir, se puede ser cholo, chola, de sangre o de espíritu.

No olvidemos que en ambos usos, cholola es un adjetivo, lo que tampoco cuadra ni morfológica, ni sintáctica, ni semánticamente con la frase que nos entretiene. Meterle mestizo –¿de sangre?, ¿de espíritu?, ¿de ambos a la vez?– al Zapa. Un disparate. Un mensaje incomprensible.

Como por las solas palabras no estaba llegando a una comprensión aceptable del mensaje, decidí ampliar el objetivo, tecleé, entrecomillado, “meter chola”, pulsé intro y vino la luz, y lo oscuro devino inteligible. El wikidiccionario explica que, en Venezuela, en la lengua coloquial, dar chola significa «darse prisa, acelerar la ejecución de algo, poner rapidez», y es sinónima de «apresurarse» y de «apurarse». La «chola», además de otros significados –sandalia, chancleta, suela del zapato, mujer del servicio doméstico, novia o amante, prostituta de clase baja, pene, casa modesta y pequeña–, es variante popular de «acelerador». Dar chola es acelerar: Dale chola, pana, que no tengo toda la noche. No era exactamente la misma construcción meter chola / dar chola, pero di ambas expresiones por equivalentes.

La situación extralingüística del modismo coloquial venezolano es una conversación escrita entre dos directivos de la compañía aérea Plus Ultra, que se frotan las manos ante la posibilidad de recibir una multimillonaria ayuda estatal. Uno de ellos (Rodolfo Reyes, emisor A) pregunta «¿Próximos pasos?» y el otro (Roberto Roselli, emisor B) contesta: «Pues ahora es meterle chola al Zapa». Entendido el significado de «meter chola» y visto su contexto lingüístico inmediato –pregunta de Reyes, respuesta de Roselli–, todo parece coherente. Quedan, sin embargo, algunos flecos que comentar de estas diez palabras. Vaya por delante la concisión, la elisión de elementos prescindibles, apreciable primero en la pregunta (*¿Cuáles serán los próximos pasos? y luego en la respuesta (*Pues ahora el próximo paso es meterle chola al Zapa), donde se ha elidido el sujeto de la oración.

Resulta evidente, por otra parte, que entre la pregunta y la respuesta se produce una cierta incongruencia, un leve rompimiento del régimen sintáctico, llamémosle anacoluto, pues en la pregunta se utiliza un plural (próximos pasos) y en la respuesta se utiliza el verbo en singular (es), lo que nos hace pensar que el emisor B ha pensado, no en los varios pasos que serán necesarios, sino en el inmediato.

Este hablante B comienza su repuesta con una conjunción –pues– desprovista de su carácter causal, que se utiliza solamente como marcador discursivo de inicio de conversación, seguida de un adverbio de tiempo en función propia de CCT. Encontramos luego el verbo en tercera singular de indicativo (es) con sujeto elidido, supuesto, presunto –nosotros, los que meteremos chola al Zapa–, y una construcción de infinitivo que actúa como atributo del sujeto elíptico, tanto en la pregunta de A como en la respuesta de B: *el próximo paso es meterle chola al Zapa. El atributo oracional cuenta con un pleonasmo enfático, es decir, con la repetición innecesaria de un elemento, el pronombre personal átono le (CI), que anticipa en anáfora el sintagma al Zapa (el mismo CI).

Y acabemos este breve comentario lingüístico con una observación respecto al nivel sociocultural de los hablantes del texto. Desde que tengo uso de razón gramatical, a los estudiantes españoles se nos ha reprobado, por propio de personas incultas, vulgares y mal habladas, el uso del artículo determinado ante los nombres propios y apellidos –el Francisco, la Antonia, el Muñoz–, aunque se admitía sólo para ciertas, no todas, mujeres notorias: la Avellaneda, la Pardo Bazán. Nunca para hombres: el Cervantes, el Unamuno. No sé cuál será la norma actual en Venezuela. En el español de España sigue considerándose un vulgarismo.

Supongo que estos dos elementos, estos dos pollos hablantes, han sido universitarios y cuentan en sus currículums con títulos en másteres exclusivos, que dominan dos o tres idiomas, que cambian con facilidad de registro lingüístico y que entre su círculo más cercano se sirven de claves, de cifras y de encriptaciones varias, amén de reticencias, sobrentendidos, nombre en clave, sugerencias y metáforas que sólo ellos entienden. Saben hablar en clave, como gente del hampa, pero no en los barrios bajos, ni en las tabernas. Ellos lo hacen desde sus despachos en los rascacielos, desde sus mansiones en paraísos fiscales, desde sus apartamentos de lujo en París, en Londres o en Ginebra.

En cuanto al «Zapa» a quien hay que meterle chola, no aparece contexto para identificarlo. ¿Qué o quién es Zapa? ¿Un nombre? ¿Un apellido? ¿Un acrónimo? ¿La masculinización genérica del femenino «zapa»? Es decir, ¿alguien a quien por sus cualidades –arrojo, sangre fría, preparación técnica– se identifica con una zapa, con esa pala herrada de la mitad abajo, con un corte acerado, que usa la vanguardia de un ejército para avanzar y asegurar posiciones? ¿La zapa de los zapadores? ¿Estamos ante alguien apellidado Zapa? ¿Ante un acortamiento? ¿Un miembro del ejército zapatista de liberación que se levantó contra el gobierno mexicano el 1 de enero 1994? ¿Un fabricante de zapatos, o de zapatillas? ¿Un zapatero remendón? El Zapa, ¿un compinche? Chi lo sa

Aunque da la impresión de que estamos ante un cabildero, ante un conseguidor que tiene contactos: ¿el expresidente del gobierno español? ¿Ese es el Zapa? ¿Así, con ese artículo vulgarizador? ¿José Luis Rodríguez Zapatero en negocios turbios? No se fía uno ya. Hace unos años, ni jueces, ni fiscales, ni defensas judiciales, ni compañeros de partido fueron capaces de identificar el M. Rajoy en los papeles de Bárcenas, con Mariano Rajoy. Hoy, jueces, fiscales, acusadores particulares y voces autorizadas del PP, no dudan que Zapa sea José Luis Rodríguez Zapatero. É un mondo difficile.

No he leído últimamente literatura venezolana, ni estoy al tanto de su argot o de su lengua coloquial. Si la frase Pues ahora es meterle chola al Zapa la entienden todos los hablantes del país y entra en los cauces de lo común y coloquial, solo puedo confesar mi ignorancia en esa variante del español americano.

Meterle chola al Zapa suena a jerigonza, a lenguaje cifrado, a encriptación y clave que sólo unos pocos manejan: la elipsis, los modismos jergales y el lenguaje especializado, los apodos. Hay que estar en el ajo. Ese es uno de los principios del lenguaje de la germanía, del hablar de ladrones y rufianes. Tal es la sensación que deja la frase, la de una conversación entre compinches en la que se menciona a un cómplice –el comisionado, el comisionista– necesario en el amaño.

Pero lo preocupante no es que estos tipos hablen así, sino que sean auténticos delincuentes, gente enchaquetada aunque de baja estofa que sabe cómo robar sin que lo parezca.

 

martes, 23 de junio de 2026

Huesos, surcos y conciencia

 Primero fue el nacer personas con las piernas arqueadas y los pies juntos, o con las rodillas juntas y los pies hacia afuera, a causa de una mala alineación entre fémur y tibia, y el constatar la dificultad y la irregularidad en los andares.

Luego, los romanos acabaron llamando VARICUS (que anda torcido, que tuerce las piernas al andar) a quien nacía con esa configuración de las piernas en forma de equis o de paréntesis. Utilizaban además el verbo VARICO para indicar que alguien apartaba mucho las piernas, las abría, al andar, que caminaba de forma irregular...

Debió ser también un romano observador y ocurrente quien añadiera al verbo el prefijo preposicional intensivo PRAE (delante) para crear dos derivados muy cercanos. El primero, el verbo deponente conjugado en voz pasiva pero con significado activo PRAEVARICOR indicaba que un labrador, un esclavo, se había apartado de la línea recta al abrir los surcos, que se desviaba y los trazaba torcidos. Por su parte, con PRAEVARICO se aludía al concepto de transgredir, de violar, desobedecer, infringir, que está muy cerca de la prevaricación tal como ya se entendió en el derecho romano y ha llegado hasta nuestros días: esa decisión a sabiendas injusta tomada por un juez, un funcionario o una autoridad.

Fantástico el camino recorrido por esta palabra, que comienza con una malformación ósea, pasa luego al mundo de la agricultura para indicar que los surcos están mal trazados, que son irregulares y curvos, y del mundo rural salta a la sociedad civil para indicar que se han traspasado los límites de la normalidad, de lo establecido, de la moralidad, y en un último giro se establece en el mundo del derecho, aún vigente, para condensar esa corrupción del alma, ese delito de dictar una resolución manifiestamente contra toda justicia.

Desde los pies de una persona hasta el alma y la conciencia humanas. La palabra se eleva y se hace vuelo, ilumina en la búsqueda de la verdad, de la descripción de la conducta humana. De constatar una tacha ósea a identificarla con una falla moral y posteriormente con un delito. Es lo que admira uno del lenguaje, su capacidad para trascender lo concreto, para convertir un hecho real, una anomalía fisiológica, en una actitud moral y en un concepto jurídico plenamente comprobable después de siglos.


jueves, 18 de junio de 2026

Nuestro pana Zapatero

 Enseguida me interesó la palabra. Me pareció del argot choricil, que no llama a las cosas (los billetes de 500 euros son chistorras, y lechugas los de cien), ni a las personas por su nombre (El Todopoderoso: Javier Aureliano García, presidente de la Diputación de Almería; Goblins: José Luis Ábalos). Como no acertaba a explicarme el significado de esa palabra en esa expresión, en ese contexto, acudí a mis mejores fuentes de conocimiento lingüístico, los diccionarios.

En el de la RAE encontramos dos entradas distintas, numeradas, lo que indica que con pana estamos ante un caso, no de polisemia, sino de homonimia, es decir, de palabras que se pronuncian y escriben igual o de forma parecida, pero que tienen orígenes muy distintos, como ocurre con los clásicos aya / haya / halla, lo cual no impide que cada una de las palabras homófonas u homógrafas pueda ser polisémica.

La pana, como todo el mundo sabe es una «tela gruesa semejante al terciopelo, que puede ser lisa o con hendiduras generalmente verticales». En el mundo marinero, una pana es una «tabla levadiza que forma el suelo de una embarcación menor». El término «pana» es por tanto polisémico, pero ninguna de sus dos acepciones encaja en la expresión «Nuestro pana Zapatero».

La morfología también nos da una pista: el sustantivo «pana», referido al tejido o a la tabla que se puede levantar y luego volver a su sitio, es de género femenino, mientras que en la expresión que analizamos el sustantivo es masculino, como indica el determinante posesivo: nuestro pana.

La docta institución académica propone como origen de esta pana textil y marinera la palabra francesa panne, que a su vez es polisémica, pues significa, al menos:

1. Avería

2. Pieza de madera o metal que, colocada horizontalmente sobre las vigas de un tejado, sostiene las vigas transversales.

3. Tejado encajable en el que uno de los lados se levanta para formar un reborde.

4. En un puerto, embarcadero ligero que sirve como línea de amarre o fondeadero para embarcaciones de pequeño tonelaje.

En la etimología de esta palabra francesa encontramos discrepancias. Joan Corominas y María Moliner, en sus respectivos diccionarios, nos remiten a un panne procedente del latín pinna, con el que los romanos se referían a la piel de un animal y también al plumaje de las aves. Pero el Dictionnaire etymologique de la langue française se remonta a un pannum latino, de donde pan trozo de tela y por extensión, trozo de muro, de madera, etc., cuya forma femenina, panne, designaba la vela de un barco en una posición tal que el barco no se mueve.

Nos vamos perdiendo, ¿verdad? Seguir el hilo de una palabra, a veces, es tan complejo y laberíntico como seguir las cuentas de una mercantil offshore o la comisión recibida en una cuenta caimán por intermediación en un negocio. Es cierto que la chaqueta de pana fue en unos años distintivo de izquierdas, y que los políticos socialistas pronto descubrieron los trajes de Armani, pero no creo que vaya por ahí lo de «nuestro pana». Zapatero no es de chaqueta de pana. Vayamos entonces, al homónimo pana 2.

Es un americanismo. Según el Diccionario de americanismos editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en países como México, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico o Ecuador, un pana es un amigo íntimo, un compañero inseparable. Inquirir el origen de este vocablo es, cuando menos, entretenido, intrigante. Hay quien lo reconoce en las lenguas indígenas americanas, en el quechua, como hijo de la palabra panaca, con la que se designaba a la familia, siendo un pana un miembro de la familia. Hay también quien lo hace descender fonéticamente del inglés partner (socio). Y quien sitúa el nacimiento del término en la Caracas de mediados de los sesenta, en las reuniones de jóvenes en las panaderías, sí, en las panaderías, que además de pan y leche, ofrecían café, refrescos, dulces y comidas ligeras, de manera que los panas, además de ejemplo de acortamiento lingüístico y de tropo (¿sinécdoque? ¿metonimia?) eran amigos, colegas, camaradas con los que se pasaba el rato en la panadería de la calle o del barrio. Después, desde Caracas, la palabra pasó a otros países. A España, si no me equivoco, ha llegado hace unas semanas, cuando uno de los dueños accionistas de la empresa aviadora Plus Ultra afirmó «nuestro pana Zapatero está detrás».

Este homónimo pana, según el diccionario de la RAE, es también polisémico, pues designa, primero, el fruto (en femenino) del árbol del pan, en segundo lugar, y en países como Ecuador, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, señala al amigo, al camarada, al compinche. En Chile, la pana es el hígado y también la avería en una máquina o instalación. Cuando el directivo de la aerolínea habla del pana Zapatero, en qué sentido está usando el sustantivo común: ¿considerándolo amigo, es decir, alguien por quien se siente afecto personal, puro y desinteresado?, ¿considerándolo un buen camarada compañero de fatigas, correligionario, con quien se tiene cordial relación?, ¿o considerándolo un compinche, un compañero habitual en francachelas y diversiones o en asuntos poco lícitos?

En vista de lo conocido hasta ahora, y presumiendo la inocencia del investigado, sólo el tiempo aclarará, eso esperamos, si nuestro pana Zapatero es expresión lingüística de un sincero y puro y desinteresado afecto; muestra de la cordialidad que rige entre personas que comen y viven juntas, o si más que de limpia y generosa y altruista amistad, más que de franca y afectuosa camaradería, se trata simplemente de compinches que van a forrarse. Veritas filia temporis.


lunes, 15 de junio de 2026

Homenaje a JRJ

                                        

                                        Yo no seré yo, muerte,
                                         hasta que tú te unas con mi vida
                                        y me completes así todo…

                                                                                  JRJ

La muerte nos completa.

Ella culmina el ciclo.

De la sombra a la sombra.

De la nada a la nada.

Del silencio al silencio.

Del vivir al olvido.

Pero en medio la luz.

Y las rosas.


viernes, 12 de junio de 2026

Transformación (2)

 2

Al estrés psíquico propio de los cambios hormonales se añade el académico. En los cuatro años que van de junio de 1966 a junio de 1970, de los diez a los catorce, pasé por seis centros escolares –escuela parroquial y academia particular en Gibraleón (Huelva), colegio salesiano de Pozoblanco, Sección Delegada Mixta Elemental de Pozoblanco, instituto «Séneca» de Córdoba y sección delegada del instituto «Séneca» en el instituto «Góngora»– con el consiguiente quebranto de la continuidad en materias, conocimientos y profesores. Mis padres achacaban mis regulares rendimientos –aunque solamente tuve tres suspensos en estos cuatro años– a la falta de atención, de concentración, y con la aquiescencia de los médicos me hacían tomar pastillas de fósforo «Guerrero», que mejorarían mi ánimo y reforzarían mi memoria, ignorantes de que el problema no era cuestión de química, sino emocional.

Vivíamos entonces en Gibraleón. Un día de finales de junio me despertó mi madre temprano. Yo había tardado en dormirme la noche anterior, inquieto, tratando de imaginar lo que me esperaba a la mañana siguiente. Años después descubriría, recordaría, aquel desasosiego nocturno en una novela de Miguel Delibes, El camino, donde su protagonista, Daniel el Mochuelo, pasa la última noche en su casa del pueblo antes de partir a un internado de la ciudad para estudiar el bachillerato. Aquella mañana de junio había llegado el día del examen de ingreso. Para tranquilizarme, mi madre me preparó una taza de tila bien tilada. Para evitar el mareo y la vomitera en el autobús, no quiso que desayunara.

–Ya comerás a la vuelta.

Ninguno de los dos me acompañaría. Huelva estaba cerca.

–Te vas con el guardia Fulano, que va de papeleo a la comandancia. Él te recogerá en el instituto.

El primer instituto de mi vida. Un edificio bonito, rodeado por una verja de hierro, de varias plantas, de ladrillo con tejas vidriadas en las nervaduras de los tejados, cúpulas y grandes ventanas rectangulares o de doble arco. Una cancela daba acceso a la entrada principal, con su jardín arbolado y su escalinata hasta la planta baja. El guardia no pasó la cancela. Me recogería allí a tal hora y se fue a sus asuntos.

Con la cartera escolar, donde llevaba el resguardo y el plumier con los lápices y la goma de borrar, hube de sopreponerme y encarar la situación, la soledad, subir los escalones, echar una ojeada, dirigirme a un conserje que me señaló una mesa larga donde había cuatro o cinco hombres sentados, a los que presenté el resguardo y me indicaron un pupitre donde sentarme y esperar. En el amplio espacio del recibidor había tres grupos de pupitres ordenadamente dispuestos, como en un aula, donde nos fuimos colocando los examinandos.

La primera prueba fue un dictado del comienzo de Platero y yo. En el papel que nos dieron para el dictado, venían también ejercicios de aritmética, de gramática y un par de preguntas de catecismo, una de las cuales –¿Cuáles son las virtudes cardinales?– no supe contestar.

Para el examen oral, un miembro del tribunal leía tu nombre en voz alta y te indicaba dónde colocarte de pie. Recuerdo que los examinadores se mostraban sonrientes y trataban de ser cercanos para que el trance no fuese angustioso. Es posible que la supertila preparada por mi madre hiciera su efecto y estuviese ante el tribunal más relajado y destensionado de lo requerido. Puede que, al contrario, el estado de nervios me obnubilara. O que el ayuno me tuviese medio desfallecido. Cabe, finalmente, la posibilidad de que no estuviera preparado para el examen. No recuerdo qué preguntas me hicieron, pero mis respuestas no debieron ser las adecuadas, puesto que recibí un No apto, aunque pude superarlo con creces en la convocatoria de septiembre.

No era uno entonces consciente de la importancia de superar aquella prueba y enrolarse en el bachillerato. La vida de un hijo de guardia civil, aun teniendo los mismos límites que la del hijo de cualquier vecino, añadía el componente de la itinerancia, de la falta de raigambre necesaria para aprender un oficio, que era la alternativa a los estudios. Otro hándicap guardiacivilero era que raramente podías aprender un oficio –herrero, carpintero, agricultor, fotógrafo, albañil, comerciante– de tu padre, porque tu padre raramente había aprendido un oficio antes de ser guardia civil, y raramente ejercía en el Cuerpo un oficio especializado –archivero, radiotelegrafista, mecánico, armero– que pudiera enseñar a su hijo. Un guardia civil era guardia civil. No era obrero, menestral. Así que estudiar o ingresar en el Cuerpo.

Agradezco a mis padres que eligieran para mis hermanas y para mí el camino del estudio. Se esforzaron, renunciaron a deseos y a sueños (viajar, comprar una casa en un pueblo) y economizaron para pagarnos matrículas y libros de texto. Los hijos estábamos en la obligación de estudiar, de no suspender, con el añadido ya mencionado de la falta de continuidad en el mismo lugar y de las conmociones emocionales derivadas de los continuos adioses a amigos y compañeros.

No sé cómo se afrontaría hoy que a los diez años se decidiera en buena parte el futuro de las niñas y niños de un país mediante una prueba académica formalmente revestida de los atributos de un juicio sumarísimo que condicionaría de por vida al examinando. Una experiencia inolvidable. Un trance académico desasosegante e inadecuado en un momento biológico tan complejo para los aspirantes a bachilleres. Una crueldad.

miércoles, 10 de junio de 2026

Transformación



La diligencia administrativa de la primera fotografía está hecha en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «La Rábida», de Huelva, el 15 de marzo de 1966. Yo acababa de cumplir diez años y mis padres me habían inscrito para hacer la prueba de ingreso en la convocatoria de junio. La de la segunda fotografía está cumplimentada en junio de 1970, por la secretaría de la sección delegada del instituto «Séneca», adjunta a lo que era el instituto por antonomasia de la ciudad, el “Luis de Góngora”, creado nada menos que en 1569. Por qué acabé en aquella sección delegada a la que se accedía por la calle Claudio Marcelo es historia para otra ocasión. Quiero ahora centrarme en las fotos, en el retratado.

Se le han arqueado las cejas, y espesado y ennegrecido, al niño de la primera foto. Y se le ha alargado la cara. Sigue teniendo los ojos grandes, almendrados, con una particularidad difícil de explicar. Quizá la inclinación del izquierdo. Quizá el párpado del derecho. Marcan los labios cerrados leve sonrisa en la primera fotografía. Entreabiertos en la segunda, parece más pequeña la boca, y asoman las dos paletas. Así lo llamaba entonces su padre, «Paletas».

Es y no es él mismo: adiós a la niñez, bienvenido a la pubertad. Sólo cuatro años y la criatura parece, es, otra: la mirada, la sonrisa, el bocado de Adán, las erecciones. Cómo reconocerse. Cómo aceptarse en ese muchacho cuyo cuerpo se ha transformado. Que ha cambiado la voz. Que descubre vello en su pubis. En su cara. En sus piernas. Que experimenta sensaciones inexplicables en su cuerpo.

Cuatro años y el niño desapareció. Para sí primero. Para sus padres luego y para sus hermanas. Es él, pero no es el mismo. No es ya que haya crecido, que sí lo ha hecho. Pero algo se ha perdido en la metamorfosis. Y sufre sin saber por qué.

El capullo, la envolvente protección familiar, se rompe y al púber le nacen alas, quiere volar fuera, autónomo, experimentar la sensación de la libertad con los amigos, que también han cambiado, de descubrir las calles, los barrios, los cines, los juegos que ya no pueden vigilar los mayores.

Las dos fotografías respondían a momentos clave en el historial académico. Tenían también su repercusión sociológica: ni todos los alumnos de 10 años seguían estudiando, ni todos los que querían seguir estudiando pasaban la prueba –el examen de ingreso– para acceder al bachillerato elemental.

En la España franquista en que creció, el uso de razón se alcanzaba a los siete años, la edad con que se hacía la primera comunión. Era frecuente que en tal ocasión a los niños les regalaran un reloj de pulsera y una cruz de oro con su cadenita para llevar al cuello. Proclamaban así su fe católica y ser responsables del tiempo que latía en sus muñecas.

El siguiente paso iniciático era la decisión de estudiar o no. Unos comenzaban a ayudar a sus padres en el campo, en el taller de coches, en la herrería, en la tienda, o entraban como aprendices en un comercio de telas, de recaderos en un ultramarino, en el bar, en la carnicería, en una funeraria o en la farmacia del barrio. Los había también que desaparecían de un día para otro porque se iban a Madrid, a Barcelona, o a Suiza y Alemania, según.

En unos meses, la infancia empezaba a sentirse ya como paraíso perdido. Ahora tocaba ser hombrecitos serios y responsables, no torcerse, estudiar, convertirse en jóvenes de provecho, elegir bien a los amigos, ennoviarse con una buena muchacha, encontrar trabajo, ahorrar, dar la entrada para un piso… O ingresar en la guardia civil.

La transformación física iba acompañada de la emocional, de inseguridades y timideces, de súbitos cambios de ánimo, de humor, de sentimientos contradictorios (el sufrimiento más tremendo y el más gozoso deleite, el amor más sublime y las masturbaciones), de desarreglos sentimentales provocados por el desarraigo, por el súbito adiós a los amigos, al pueblo y al paisaje, a la casa, al acento y la manera de hablar...


jueves, 14 de mayo de 2026

Aldea/Urbe


 Recuerdo haber visto la película en su momento, pero hasta ahora no había leído esta novela de Miguel Delibes, que cuenta el viaje, en vísperas de las primeras elecciones generales en nuestro país tras la guerra civil, de tres militantes del Partido, uno de ellos candidato al Congreso, a un pueblo castellano en ruinas, donde viven tres personas, el señor Cayo Fernández, su mujer, que es muda, y un vecino con el que no se tratan.

Cada uno de los militantes Víctor, el candidato; Laly, comprometida sobre todo con la lucha feminista; y Rafa, un militante de base tiene una manera de asumir el presente y encarar el futuro, una diferencia de criterios y de objetivos, con los que el novelista refleja la disparidad ideológica, la falta de unidad dentro de la izquierda, la multiplicidad de soluciones ante el encuentro, el conflicto, entre individuo y comunidad.

La intención de Delibes con esta novela publicada en 1978 fue contraponer dos visiones, dos maneras de estar en el mundo: la vida en estrecho contacto con la naturaleza, autosuficiente, con todo lo que conlleva de aislamiento y dependencia de los elementos, y la vida urbana, desnaturalizada, deshumanizada, dominada por el vértigo de la prisa y la acumulación. Por eso están fuera de lugar, resultan ridículos, los argumentos de los miembros del Partido para que el señor Cayo vote en las inminentes elecciones. A sus 83 años, el señor Cayo labra su huerto, cuida los manzanos y los cerezos, prepara leña para el invierno, conoce las propiedades de las plantas y el comportamiento de las abejas, cuece el pan que comen y va sorprendiendo a los militantes con sus respuestas sobre Franco, sobre las cooperativas, sobre la guerra civil, sobre los hijos, sobre su trabajo y su vida cotidiana, sobre la edad de jubilación de un hombre. El señor Cayo sabe hacer cosas, sabe explicar fenómenos naturales, el comportamiento de los animales, sabe aprovechar los recursos de la tierra y guarda memoria de la vida del pueblo.

Como terminan reconociendo los tres militantes, de nada valen sus discursos. Aunque anclado en el primitivismo, el señor Cayo y su mujer poco más de lo que tienen necesitan, se bastan a sí mismos, trabajan para ellos, no tienen jefe a quien obedecer ni para el que trabajar, son dueños de sus vidas. Son los últimos habitantes de la España vacía, mantenedores de una antiquísima cultura íntimamente vinculada a la tierra, y no resultan tan paletos como los tres políticos creen antes de pasar unas horas con ellos.

Los militantes acaban asumiendo la inutilidad de sus argumentos, admitendo, desengañados, que pretendían redimir a quien los ha redimido a ellos, a quien les ha abierto los ojos: frente a la teoría política, la praxis de la vida que les ha mostrado el señor Cayo. Ahora son conscientes, en palabras del candidato, de estar dejando morir una cultura sin mover un dedo, de vivir en un mundo, la ciudad, que da la espalda a la naturaleza.

Ese contraste urbe/aldea se refleja también en el lenguaje de los personajes, estereotipado y con abundantes clichés lingüísticos y muletillas el urbano, especialmente en los dos más jóvenes, Laly y Rafa tío, macho, demasié, joder, me mola, rollo, enrollarse, comer el coco..., más concreto y pleno de términos propios del ámbito rural que desaparece, desusados, desconocidos, en el urbano: humeón, el borde del almorrón, corría el río en ejarbe, salguera, escañiles…, puestos sobre todo en boca del narrador.

Con la victoria moral del señor Cayo se confirma la tesis de la novela: la bondad del mundo rural frente al urbano, del hombre-individuo urbano frente al hombre-masa. Esa es la inesperada lección que el candidato y sus dos compañeros han aprendido en aquel remoto pueblo en ruinas.