martes, 3 de febrero de 2026

De Trifones, Zarcos y tricornios. Historias de familia

 
El 13 de mayo de 2019, para conmemorar el 175 aniversario de la creación de la Guardia Civil, la Asociación de Amigos por la Historia de Mota del Cuervo, en Cuenca, publica en eme la fotografía de cuerpo entero del “primer Guardia Civil del puesto de Mota del Cuervo, Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge”. Inmediatamente descargo la imagen en color sepia y continúo mis indagaciones familiares por esa vía. Físicamente, el hombre de la imagen en nada se parece a los Zarcos que conocí o que había visto en fotografías. Ni en las facciones ni en las hechuras.

Ese mismo día, un miembro de la dicha Asociación escribe: “Creo que es el padre del beato Julián Zarco-Bacas Cuevas, Director de la Real Biblioteca del Escorial, miembro de la Spanish Society de New York y mártir de la Guerra Civil”.

Desde pequeño he oído hablar a mi madre del fraile agustino, bibliotecario del Escorial al que fusilaron en los primeros meses de la guerra civil. Más de una vez, durante la carrera o preparando oposiciones he encontrado en la letra pequeña de las notas el nombre y los trabajos de este Zarco cuyo parentesco ella nunca supo precisar: el padre de fray Julián Zarco era tío bisabuelo de mi madre, luego mi madre y el fraile eran… Dejémoslo ahí.

Pero ¿y Trifón? Nunca se ha mencionado en la familia un pariente con tal nombre, ni con ese segundo apellido tan bien unido con esa copulativa pretenciosa y tan bien compuesto con su guion unitivo, Martínez-Calonge, a imitación del Zarco-Bacas. Ah, ese aditivo –adictivo– afán campesino y pequeño-burgués de unir apellidos como se suman tierras y capitales, o viceversa.

Por un artículo de historia local1 supe que Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge nació en Motal del Cuervo el 3 de julio de 1839, que siendo sargento del ejército se alistó en la recién creada Guardia civil, y que fue destinado a su localidad natal, donde casó con Leocadia Josefa Bascuñán, matrimonio del que nacieron trés vástagos: Leandro José María Salomón, que tuvo un hijo al que llamó Trifón, Antonia Casiana y Toribio. Ni el Trifón ni el Martínez-Calonge aparecían en las retahílas genealógicas de mi madre.

Unos años después de que se publicara en eme la imagen de Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge, a las 19:28 horas del sábado 2 de diciembre de 2023, una tal Maria Navar San escribe en la referida página que le gustaría verificar la información sobre el personaje de la fotografía, porque “si en verdad se trata del padre del Beato Julián y Pío, entonces este hombre es mi bisabuelo”. Luego se presenta: es hija del hijo de Convertida Zarco, hermana del Beato”, es decir, hija de su padre, nieta de Convertida Zarco, y sobrina nieta del beato Julián. Hagamos aquí la precisión de que Convertida madre y Julián no eran hermanos completos, sino hermanastros por línea paterna. El padre de ambos enviudó de Convertida Cuevas (Convertida madre), que había dado a luz al futuro agustino, y en segundas nupcias con Marcelina Ortega Laguía, fue padre de Convertida Zarco (Convertida hija).

Sigue Maria Navar San indicando que a su padre, hijo de Convertida hija, no le cuadra el nombre, ya que se debería llamar Gervasio. ¿Quién se debería llamar Gervasio? ¿El padre de Maria Navar San? ¿Trifón? Otrosí, ¿quién es ese “Pío” que se cuela en “si en verdad se trata del padre del Beato Julián y Pío, entonces este hombre es mi bisabuelo”. Tenemos la secuencia Maria Navar San, hija de su padre, nieta de Convertida hija, bisnieta del guardia civil Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge. No se nos olvide introducir el segmento del matrimonio de Convertida Zarco Ortega (Convertida hija) con Ramón Navarro Zarco, cuyos descendientes viven en Tomelloso.

Para deshacer el nudo e ir sacando los hilos por separado, permítaseme un breve excurso que comienza el 21 de julio de 1856, cuando contraen matrimonio mis tatarabuelos, Julián Pío Zarco-Bacas Contreras y la viuda Paula María del Carmen García López2, y acaban trayendo a este mundo cuatro vástagos, a saber: Tórbulo Primo Antonio Gervasio, Lorenzo Eusebio Antonio, Victorica Dámasa y Pío.

El hijo mayor, Tórbulo Primo Antonio Gervasio, comúnmente llamado Gervasio, nacido en 1857, contrajo primer matrimonio con Convertida Cuevas (Convertida madre), cuya unión fructificó en tres hijos varones: Pío Zarco Cuevas, Eusebio Julián (el beato Julián Zarco Cuevas) y Ángel. Esta rama de los hijos de Gervasio se tronchó con ellos, no siguió el linaje, Pues Pío murió sin descendencia, lo mismo que el fraile agustino y que el menor, Ángel, fallecido a los 16 años.

Muerta Convertida madre, la sangre de Gervasio revivió al unirse en segundas nupcias a la de Marcelina Ortega Laguía, de cuya relación nacieron Gervasio Zarco Ortega, Convertida Zarco Ortega (Convertida hija) y Eusebio Zarco Ortega. Convertida hija se casó con Ramón Navarro Zarco y tuvieron al menos un hijo, que es el padre de nuestra Maria Navar San, nieta por tanto de Convertida hija, bisnieta de Tórbulo Primo Antonio Gervasio Zarco García y tataranieta, como yo, de Julián Pío Zarco-Bacas Contreras y de Paula María del Carmen García López. Ella lo es por la rama de Tórbulo Primo Antonio Gervasio García, el hijo mayor de los tatarabuelos, y yo por la del menor de los hermanos, Pío Zarco García.

Creo, al fin, que las dudas planteadas por Maria Navar San en su deseo de verificar la información sobre el primer guardia civil de Mota del Cuervo quedan implícitamente resueltas. Cuando ella escribe “[padre] del Beato Julián y Pío”, este Pío es el hermano mayor de Julián; en cuanto al Gervasio aludido, es evidente que se refería a Tórbulo Primo Antonio Gervasio Zarco García, padre de Pío, Julián y Ángel, y no a Trifón Zarco y Martínez-Calonge, descartado ya definitivamente como padre del beato Julián.

Según el árbol de familia, mi tatarabuelo materno, Julián Pío Zarco Contreras, nació en 1826 y se casó treinta años después con Paula García López. 1826, me digo y pienso. Este hombre fue súbdito de Fernando VII, el del paletó de la retahíla que cantabamos mi hermana y yo variando las vocales –Canda Farnanda sátama asaba palatá– hasta completar el ciclo: Cundu Furnundo sútumu usubu pulutú, es decir, en tiempos de Maricastaña. Julián Pío compartió espacio histórico con Larra y con Bécquer, a quien pudo leer en El Contemporáneo; conoció las guerras carlistas y estaría al tanto de los pronunciamientos militares, intentonas golpistas y levantamientos populares que se prodigaron en su siglo XIX; conversaría con sus amigos sobre Prim, Narváez y Espartero. 1826. Me pregunto si llegó a oír el rumor del caballo de Pavía en el Congreso y qué pensaría de la vida breve de la I República. ¿Republicano o monárquico absolutista? ¿Federalista? ¿Moderado? ¿Liberal progresista? No dudo que le llegarían ecos vivos de las múltiples revoluciones del 48 que pretendían acabar con el absolutismo en Europa, ni que tendría noticia del Manifiesto comunista, de las organizaciones de trabajadores, de la plaga de la patata y de la hambruna irlandesa. Fue coetáneo, por citar autores que frecuento, de Thomas de Quincey, de Victor Hugo y de Charles Baudelaire, de Tolstoi y Dostoievski. 1826. ¿Qué lejos?

El ovillo ha menguado, pero siguen faltando hilos que entresacar. Atrapadas en la red virtual, mezcladas con docenas de Zarcos repartidos por el país, más los desperdigados por Hispanoamérica, doctores unos, historiadores otros, pintores, pilotos deportivos, tenistas, farmacéuticos, asesores fiscales, futbolistas, miembros de un ficticio grupo mafioso, peluqueros, viticultores, políticos, profesores, ingenieros agrónomos, transportistas, reumatólogos, vendedores de seguros, creadores digitales, ferreteros –Zarco es también la marca de un vino y el nombre de una avenida en Chihuahua, México–, entremezcladas, decía, en la maraña virtual, vinieron también ciertas noticias sobre nuevos Zarcos, que añaden certidumbre por los apellidos, constatados en el árbol genealógico, pero incertidumbre sobre su ubicación en una rama concreta. Me refiero a Trifón Zarco Contreras, hermano de Salomón Zarco Contreras. ¿Qué relación tenían con mis tatarabuelos, si es que alguna tenían? Para empezar, Trifón y Salomón tenían los mismos apellidos que mi tatarabuelo Julián Pío. ¿Eran hermanos? Pudiera ser. ¿Casualidad? Es posible.

***

1 Juan Manuel Ruiz de Valbuena Quejigo, «La Guardia Civil en Mota del Cuervo. Más de cien años de historia», en la revista Historia de Mota del cuervo, octubre 2019, n.º 22, págs. 6-10.
2 En adelante, y mientras no sea necesario simplificaremos el apellido Zarco-Bacas en Zarco, como ellos acabaron haciendo.

sábado, 31 de enero de 2026

Ganar / Perder


Anteayer envié a un grupo de amigos el enlace a un artículo de Noelia Adánez (doctora en Ciencias Políticas, escritora y coordinadora de opinión del diario Público), titulado «Siempre en el equipo de David Uclés», en el que hacía una argumentada defensa de la negativa del novelista jienense a participar en un evento llamado Letras en Sevilla. Tras una positiva valoración literaria de Uclés –su compromiso con la verdad histórica en estos tiempos de «confusión y banalidad», su rigor documental, lo bello y luminoso de su obra–, y su conversión en personaje público tras el éxito de su primera novela y la obtención del premio Nadal con su segunda, Adánez explica la decisión del novelista de no aparecer por Sevilla para que su nombre no figure junto a otros como José María Aznar, Iván Espinosa de los Monteros o Alberto Ruiz Gallardón; por añadidura, denuncia el antifeminismo de la organización por la reducida presencia de mujeres: 6 contra 27.

Si habláramos en términos taurinos, y no es por humorismo, podríamos decir que David Uclés se niega, no ya a compartir cartel en la Maestranza, es decir, a torear la misma tarde junto a los diestros citados, sino a hacerlo en el conjunto de toda la feria taurina de abril. Sería como no alojarse en el hotel Alfonso XIII, porque también lo harán las otras figuras. Los organizadores han tenido mal acuse de recibo: imperdonable descortesía, incumplimiento de compromiso, sectarismo de izquierdas, ignorancia de la realidad histórica, creación de trincheras de odio y desprecio...

El motivo temático de la cosa –«1936: la guerra que todos perdimos»– no es acertado, porque contribuye al blanqueamiento de la derecha, a la disolución de responsabilidades y a la confusión o distorsión de hechos incuestionables: en julio de 1936, militares de derechas dieron un golpe de estado, provocaron una guerra civil, la ganaron y sustentaron durante cuarenta años una dictadura de partido único. Tras la guerra civil hubo triunfadores y derrotados, y no llevaron la misma vida unos que otros. La guerra la sufrieron todos y la perdieron los que la perdieron, no los que la ganaron. No mezclemos y no confundamos al golpista con el defensor de la legalidad republicana, al vencedor con el exiliado, con el encarcelado, con el fusilado. No, no todos perdieron la guerra.

A la mañana siguiente, una de las amigas del grupo me envió un artículo publicado en La Voz del Sur –«Escritores que no son de palabra»–, en que el periodista y escritor sevillano Álvaro Romero Bernal defiende la vía del diálogo y la valentía de enfrentarse dialécticamente a los energúmenos recalcitrantes de la ultraderecha. Tiene razón, le concedo, siempre la vía de la palabra, la búsqueda común de la verdad, enfrentarse dialécticamente al toro del neofascismo, pero en este caso no se trataba de un mano a mano entre figuras, ni de faenas al alimón, sino de torear en carteles distintos, en tardes distintas, cada uno en su sitio, con su estilo y con su cuadrilla.

Respeto la decisión de David Uclés, su prurito de pureza ideológica, la voluntad de que su nombre no aparezca junto a otros, para él, indeseables, su ejercicio de integridad, aunque me parece excesivo su celo por la incontaminación. Es evidente que vivimos tiempos de exaltación neofascista que hay que denunciar y combatir –en las instituciones, en las escuelas, en los puestos de trabajo, en las tertulias, en las redes sociales, en nuestras conversaciones del día a día–, con la palabra, con la razón, con la historia; no conviene desaprovechar oportunidades por escrúpulos personales. La retirada de Uclés no es definitiva, no se ha cortado la coleta. Simplemente, ha decidido no verse mezclado en Sevilla con ciertos individuos. Está en su derecho y tiene sus razones. Creo, sin embargo, que su posicionamiento sobre la guerra civil y sobre las mencionadas figuras políticas habría pasado más desapercibido de haber participado en las jornadas sevillanas. Su retirada ha repercutido mucho más que su presencia.

Por la tarde, cuando volvíamos de Córdoba en el coche, oímos en la radio la canción recién compuesta por Bruce Springsteen, «Streets of Minneapolis». Es una crónica, una balada triste sobre los asesinatos de dos personas –Alex Pretti and Renee Good– en Minneapolis a manos del salvaje ICE, el temible cuerpo de seguridad de inmigración estadounidense, que puede pegarte seis tiros en medio de la calle –¡¿Cuántas veces hemos visto esa escena en películas de nazis y judíos?!– sin dar explicaciones ni pedir perdón ni ser condenados por su brutalidad.

Fue ayer también cuando leí que el músico Neil Young, en protesta por la política criminal de Trump, había dado a los groenlandeses acceso libre a todos sus archivos musicales y recomendado que no utilizáramos cierta plataforma de venta y transporte cuyo dueño es notoriamente trumpista. Oigo a estos dos músicos desde mi adolescencia, me emocionan sus canciones y admiro además su faceta de ciudadanos con un compromiso ideológico que comparto. Ellos se han pronunciado contra esos crímenes impunes y contra la política imperialista y canalla de Donald Trump. Creo que con sus canciones y su actitud estos dos músicos pueden ser ejemplo y sembrar en muchos jóvenes, o no tan jóvenes, la semilla del compromiso, de la responsabilidad social, la conciencia de que el rey Trump genera violencia, miedo e inseguridad y de que ese es un camino equivocado.

Dialoguemos, sí, pero estoy convencido de que las canciones no van a convertir a Trump en un mandatario digno y altruista, solidario, pacifista, ecologista y respetuoso con los derechos humanos, como lo estoy de que las argumentaciones de David Uclés vayan a lograr que José María Aznar pida perdón por sus mentiras, que Iván Espinosa se transforme de verdad en un profundo demócrata defensor de lo público y los derechos civiles o que se admita la responsabilidad de la derecha y la ultraderecha falangista en la guerra civil española y en la feroz represión de la posguerra.

Sí, hay que dejar claras en cuantos foros sea posible nuestras convicciones y valores democráticos. Nadie que haya leído algunas entrevistas a David Uclés dudará de su posicionamiento ideológico. David Uclés no se ha caído del cartel sevillano por cobardía, ni por egotismo, ni por veleidades de estrella mediática, ni por miedo al morlaco de la guerra civil. Sencillamente ha dicho «Basta de tergiversación de la realidad histórica». Lo ha hecho por dignidad. Por la suya, pero sobre todo por la de los vencidos en la guerra civil. 

jueves, 29 de enero de 2026

Cap. I


Desde la primera frase el narrador rompe el lugar común al ignorar deliberadamente el de nacimiento de su protagonista. Es la primera advertencia que recibe el lector: no estás ante una novela al uso, aquí acaban andanzas y caballerías de Amadises, Palmerines, Esplandianes y demás ralea de valerosos paladines. El héroe es un manchego, hasta ahí concreta el narrador –¿por qué no una mujer, una narradora?–, y que los académicos de Argamasilla pesquisen sobre el lugar del que la voz narradora no se quiere acordar. Sutil, irónico, homenaje a Homero, ya saben, el hijo de las siete patrias, que aún disputan su nacimiento.

Creo que todos los españoles, pongamos que del siglo XX y lo que llevamos del XXI, han escuchado, leído, dicho, incluso escrito alguna vez esas primeras palabras de la novela cervantina. Creo también que muchos son los citadores y pocos los leídos, los que han ido más allá. Mi madre nunca leyó El Quijote, pero fue en sus labios donde escuché por primera vez la formulación de ese misterio, que no me inquietó porque estaba acostumbrado al Érase una vez impreciso en el tiempo y en la geografía de muchos cuentos: ¿de dónde es Caperucita? ¿dónde nació Pulgarcito? ¿en qué pueblo, o ciudad, vivía Blancanieves? Ahora, a mis setenta, esos detalles no importan. Lo de menos es la erudición. Lo de más, la libertad, el imaginar. No el lugar donde nació el héroe, sino la jacienda, la trascendencia de su actuar. ¿Qué se le hubiera dado a la novela que Don Quijote hubiera nacido en Mota del Cuervo, en Miguelturra o en...? Imaginen la frase: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me quiero acordar, Tomelloso, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…

Ni lugar de nacimiento, ni pasado apenas, salvo ese ligero enamoramiento de Aldonza Lorenzo y su condición heredada de hidalgo, dueño de una hacienda que no lo convierte en un Craso pero que le basta para mantener una sobrina y un ama, un hombre para todo, “mozo de campo y plaza”, y a sí mismo, en lo que se le va no pequeña parte de ella.

Ubicado sociológicamente –un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, etc– en la clase privilegiada y por tanto de ideología conservadora, este hombre casi cincuentón es un mozo viejo solitario, humanamente desubicado y aburrido de una existencia rutinaria. Madruga, caza, lee, tiene su tertulia con el cura y el barbero del lugar, no le interesa la administración de su hacienda, se le ha pasado el arroz de alistarse en el ejército o de embarcarse a las Indias para hacer fortuna y carece de estudios, aunque sea en Sigüenza, para ganarse honradamente el sustento como funcionario en la administración pública, local o real. Un parásito, exento de gravosos impuestos y cargas.

Tampoco sabemos de su estirpe, de sus padres y abuelos, ni siquiera la certeza de un apellido que se pudiera decir suyo tenemos–¿Quijada? ¿Quesada? ¿Quejana?–, hechos significativos de que estamos ante un hidalgo más cerca de un don nadie que de un don… ¿qué? ¡Ni el nombre se nos da! ¡¿Qué clase de narrador omnisciente y erudito, que consulta fuentes históricas y contrasta testimonios, qué relator, que sabe lo que come el hidalgo los domingos, ignora el nombre de pila de éste?! Consensuemos desde el principio que este narrador, o narradora –ya habrá mejor ocasión para tratar el asunto–, se las trae. ¿Hemos de creer todo lo que nos cuenta? El juego metaliterario ha comenzado con la primera frase y se mantendrá hasta el final de la novela. Ya lo iremos comprobando.

martes, 27 de enero de 2026

22 enero


Caminata nocturna con auriculares



No era el viento airado

llevándome en volandas.

Ni la lluvia fría en mi rostro.

No era el temor a la noche

ni a la negrura en los campos

donde aúllan los perros.

Eran tres voces de mujer:

Sei l'uragano più bello

che io abbia mai visto.

Tres canciones de amor:

Mon coeur s’ouvre à ta voix.

Tres hermosas heridas

Death is now a welcome guest

que iluminan mi andar

y ponen ritmo a mi canción.

(Rosalía, María Callas, Tatiana Troyanos)


jueves, 22 de enero de 2026

Lunes 19 de enero

 Era lo blanco sobre la hierba.

Lo blanco, pero no nieve, en los tejados, en los pastos secos, en el lomo de las ovejas.

Lo blanco en la superficie de las piedras, en las escarchas del suelo y las cunetas, en el aliento, en la tierra crujiente del camino.

Era el frío en las últimas rosas de la aurora, en el azul claro de la mañana.

Mientras, en la radio, opiniones, datos, testimonios sobre el último accidente ferroviario.


lunes, 19 de enero de 2026

Jazmín de invierno


Ahí estaba.

¿Un jazmín despistado? le pregunté sorprendido.

Cuatro hojas poco más grandes que un grano de arroz, rosadas en el envés -sin la abierta tersura ni plenitud de las tardes de verano-, envuelven una quinta hoja enrrollada sobre sí misma.

Suave el tacto y perfume apenas.

Luciendo en el extremo de una rama que entibia el sol de mediodía.

En pleno enero de cierzos y heladas.


lunes, 15 de diciembre de 2025

RSF (2)

 


Después de más de cuarenta años he vuelto a leer El Jarama. La primera vez lo hice cuando preparaba oposiciones a profesor agregado de bachillerato; esta segunda, jubilado ya, lo he hecho por ir buscando una idea clara del contexto literario en que nací. La novela de Rafael Sánchez Ferlosio obtuvo por unanimidad el premio Nadal en 1955 y se publicó en febrero de 1956, mes y año de mi nacimiento, por lo que puedo afirmar que El Jarama y yo somos estrictamente contemporáneos, aunque creo, sin quejarme de la vida que he tenido hasta hoy, que el tiempo ha pasado mejor por el libro que por mí. La novela me sigue pareciendo una obra maestra, yo en cambio no puedo aportar maestría en nada.

Por fecha de nacimiento, mi padres pertenecen a la generación de Ferlosio, la primera generación de españoles que no habían hecho la guerra, pero sí la vivieron de niños y adolescentes, y comenzaban a construir sus vidas, sus familias, a mediados de los cincuenta. La España de mi niñez se estaba transformando entonces y modernizando –adiós definitivo al racionamiento, admisión en la ONU, ayuda estadounidense (mantas y bidones de leche en polvo), visita de Eisenhower, asesinato de J. F. Kennedy, ascenso y gloria de Manuel Benítez El Cordobés, revolución cubana, proyecto Apolo, los cohetes Soyuz y Yuri Gagarin, guerra fría y muro de Berlín, retrato de Franco y «Cara al sol» en las aulas, televisores, lavadoras eléctricas y frigoríficos, nuevos automóviles (haigas), incipiente turismo europeo… Conocí la Córdoba pobretona y gris de la clase media a finales de los cincuenta, la Córdoba de barrio –Campo de la Verdad, Cañero, el viejo Ciudad Jardín y los pinchitos de Juanito Mohamed, la Huerta de Santa Isabel y la recién levantada Residencia Noreña (mi hermana mayor conserva alguna fotografía con ese edificio de fondo, mis padres jóvenes y risueños entonces en primer plano), la matinal de los domingos en el cine Séneca, los biscúter, el coche huevo y el Gordini, el coche de las viudas. Cómo olvidar el pregón del hombre de los cucuruchos de merengue de colores bajando desde la Calahorra con su delantalito blanco y su bandeja (Al chibiricoqui, coqui, coqui…), las parejas de novios en bicicleta o en moto, sentadas ellas al bies en la barra o en el sillín de atrás, los viejos taxis negros con la franja roja en los laterales, la playa del Guadalquivir y los baños del domingo, los ahogados (yo mismo estuve a punto de ser uno de ellos), la gran fuente redonda en el cruce del Paseo de la Victoria con Ronda de los Tejares, los limpiabotas en la calle Concepción, el gran salón con cristaleras del Círculo de Labradores donde solía pasar las mañanas mi abuelo Anselmo–, y también la Córdoba rural que parecía de la inmediata posguerra: casas sin agua corriente, niños de mi edad que pasaban el día en el campo cuidando un hato de cabras, cuadrillas de segadores, el trillo rodando en las eras tirado por una mula, casas cerradas porque la familia había marchado a Barcelona, a Madrid, o al extranjero...

Lo primero que advierte el lector del Jarama es el dominio absoluto del diálogo, de la conversación entre los personajes, que son muchos, pues estamos ante una novela coral, no de masas, como afirma Valbuena Prats en su Historia de la literatura española. Un conversar intrascendente sobre esto y aquello y lo de más allá por el que se van caracterizando los personajes. La acción transcurre durante un domingo de verano en las orillas del río madrileño, y está protagonizada por un grupo de jóvenes de la capital y otro grupo de parroquianos de una taberna. Salvo el dramático final, la novela recrea la insignificancia y banalidad de los hechos y las conversaciones en tres espacios narrativos cercanos: la orilla del río, donde están los jóvenes; el interior de la taberna y el patio de la misma. Escrita según los cánones del objetivismo (behaviorismo, conductismo), que considera únicamente real aquello que puede ser percibido por un observador externo, el narrador se convierte en testigo, no organiza la estructura del relato, que sigue un orden lineal, no juzga ni opina, describe con objetividad el marco narrativos y da paso a los diálogos. Un relator de la conducta de los personajes.

La novela se convirtió enseguida en modelo del realismo social, de relato referencial con su carga ideológica y de denuncia, que no era precisamente, o únicamente, el propósito de Ferlosio: «El Jarama –escribe Jordi Gracia– puede ser la obra maestra que muchos todavía leemos, pero sin duda fue, desde el mismo momento de su aparición, espejo y metáfora del estrangulamiento vital de la España del medio siglo; también el testimonio de la pulcritud, la solvencia y la disciplina con la que un escritor es capaz de imponer a la novela una norma de escritura». Además de reflejo certero de la clase media y media baja de mediados de los 50, la novela era también un impecable ejercicio literario, una construcción estrictamente sometida a los principios del conductismo: preponderancia del diálogo, objetividad del narrador, linealidad y condensación temporal (desde la mañana hasta la noche, unas 16 horas del domingo).

Destaca en el grupo de jóvenes el tedio y la mediocridad de sus vidas. Apunta alguno de ellos cierta rebeldía que parece anunciar la nueva España de finales de los cincuenta, pero en general estamos ante un grupo de jóvenes mediocres, con trabajos mediocres –mecánico, dependiente de una zapatería, vendedora ambulante de helados, obrero en una fábrica, camarera en una cafetería, representante de botones–, y unas vidas mediocres de las que no consiguen escapar. Ni el vino que beben («la media trompa, simpatía de prestado. En cuanto baje el vino, vuelta a lo de siempre, no nos hagamos ilusiones», confiesa Lucita); ni las escapadas domingueras, un paréntesis que todos quisieran más duradero, porque el lunes significa la vuelta a un presente sin esperanza («Entre semana se me olvida; y gracias a eso tiramos», declara Mariyayo); ni siquiera la expectativa de su próximo casamiento («No me hables de bodas ahora. Hoy es fiesta», contesta Miguel a uno de la pandilla) bastan a estos jóvenes urbanos para superar sus existencias mezquinas, atrapadas en un mecanismo que ellos no manejan, que los arrastra sin posibilidad de escape, y del que no son conscientes, que es lo peor.

No sé si por edad mis padres estarían representados en los personajes de la novela, escrita entre octubre de 1954 y marzo de 1955, pero dudo que compartieran la falta de expectativas de los jóvenes de la novela, aunque tuvieran claro hasta dónde podía llegar un joven guardia civil hijo de guardia civil casado con la hija de un guardia civil. Vida de cuartel. Sueldo asegurado, sí, pero limitado horizonte profesional. Fue la vida que eligieron. No se lo reprocho. Comprendo el sacrificio y se lo agradezco. A su manera, en su medianía, fueron héroes, apostaron más que por ellos por sus hijos, por eso no los reconozco en esos personajes vacíos, nihilistas, de la novela. No creo que en mayo de 1953, cuando mis padres se casaron, o en febrero de 1956, cuando yo nací, sus vidas fuesen tan sin substancia, tan faltas de esperanza, tan tristemente desperdiciadas. Habían vivido una guerra, habían atravesado, sin ser conscientes, los años del hambre y el estraperlo, de la durísima represión franquista y de las omnipresentes sotanas, les tocaba ahora vivir su juventud, reír y divertirse con los amigos, crear una familia, encarar optimistas el futuro, entramparse para comprar la primera lavadora, el primer frigorífico, el primer televisor o la Espasa abreviada, ir de vacaciones en verano, pagarnos los estudios...

No debo confundir ficción y realidad, considerar, como don Quijote, que la literatura es real, que la vida es novela, que la novela no es invención sino verdad y testimonio. Mis padres biológicos no son personajes de libro, aunque pueda reconocerlos, como a mí mismo, en mis padres literarios, en ciertos libros de Aldecoa, Martín Gaite, Jesús Fernández Santos, Carmen Laforet, Miguel Delibes, el Cela de La colmena y el Viaje a la Alcarria, el Goytisolo de Campos de Níjar, el Ferlosio de las Industrias y andanzas de Alfanhuí, porque me trasladan a mi infancia (de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta), evocan circunstancias, personajes y paisajes vividos, tamizados por la memoria, agrandados quizá, deformados por olvidos y selecciones caprichosas, pero con una indudable sensación de verismo, de realidad vivida, que no es el caso de El Jarama, con cuyos personajes, vistos a través de un frío objetivo fotográfico, ni me identifico ni me siento cercano.