lunes, 15 de diciembre de 2025

RSF (2)

 


Después de más de cuarenta años he vuelto a leer El Jarama. La primera vez lo hice cuando preparaba oposiciones a profesor agregado de bachillerato; esta segunda, jubilado ya, lo he hecho por ir buscando una idea clara del contexto literario en que nací. La novela de Rafael Sánchez Ferlosio obtuvo por unanimidad el premio Nadal en 1955 y se publicó en febrero de 1956, mes y año de mi nacimiento, por lo que puedo afirmar que El Jarama y yo somos estrictamente contemporáneos, aunque creo, sin quejarme de la vida que he tenido hasta hoy, que el tiempo ha pasado mejor por el libro que por mí. La novela me sigue pareciendo una obra maestra, yo en cambio no puedo aportar maestría en nada.

Por fecha de nacimiento, mi padres pertenecen a la generación de Ferlosio, la primera generación de españoles que no habían hecho la guerra, pero sí la vivieron de niños y adolescentes, y comenzaban a construir sus vidas, sus familias, a mediados de los cincuenta. La España de mi niñez se estaba transformando entonces y modernizando –adiós definitivo al racionamiento, admisión en la ONU, ayuda estadounidense (mantas y bidones de leche en polvo), visita de Eisenhower, asesinato de J. F. Kennedy, ascenso y gloria de Manuel Benítez El Cordobés, revolución cubana, proyecto Apolo, los cohetes Soyuz y Yuri Gagarin, guerra fría y muro de Berlín, retrato de Franco y «Cara al sol» en las aulas, televisores, lavadoras eléctricas y frigoríficos, nuevos automóviles (haigas), incipiente turismo europeo… Conocí la Córdoba pobretona y gris de la clase media a finales de los cincuenta, la Córdoba de barrio –Campo de la Verdad, Cañero, el viejo Ciudad Jardín y los pinchitos de Juanito Mohamed, la Huerta de Santa Isabel y la recién levantada Residencia Noreña (mi hermana mayor conserva alguna fotografía con ese edificio de fondo, mis padres jóvenes y risueños entonces en primer plano), la matinal de los domingos en el cine Séneca, los biscúter, el coche huevo y el Gordini, el coche de las viudas. Cómo olvidar el pregón del hombre de los cucuruchos de merengue de colores bajando desde la Calahorra con su delantalito blanco y su bandeja (Al chibiricoqui, coqui, coqui…), las parejas de novios en bicicleta o en moto, sentadas ellas al bies en la barra o en el sillín de atrás, los viejos taxis negros con la franja roja en los laterales, la playa del Guadalquivir y los baños del domingo, los ahogados (yo mismo estuve a punto de ser uno de ellos), la gran fuente redonda en el cruce del Paseo de la Victoria con Ronda de los Tejares, los limpiabotas en la calle Concepción, el gran salón con cristaleras del Círculo de Labradores donde solía pasar las mañanas mi abuelo Anselmo–, y también la Córdoba rural que parecía de la inmediata posguerra: casas sin agua corriente, niños de mi edad que pasaban el día en el campo cuidando un hato de cabras, cuadrillas de segadores, el trillo rodando en las eras tirado por una mula, casas cerradas porque la familia había marchado a Barcelona, a Madrid, o al extranjero...

Lo primero que advierte el lector del Jarama es el dominio absoluto del diálogo, de la conversación entre los personajes, que son muchos, pues estamos ante una novela coral, no de masas, como afirma Valbuena Prats en su Historia de la literatura española. Un conversar intrascendente sobre esto y aquello y lo de más allá por el que se van caracterizando los personajes. La acción transcurre durante un domingo de verano en las orillas del río madrileño, y está protagonizada por un grupo de jóvenes de la capital y otro grupo de parroquianos de una taberna. Salvo el dramático final, la novela recrea la insignificancia y banalidad de los hechos y las conversaciones en tres espacios narrativos cercanos: la orilla del río, donde están los jóvenes; el interior de la taberna y el patio de la misma. Escrita según los cánones del objetivismo (behaviorismo, conductismo), que considera únicamente real aquello que puede ser percibido por un observador externo, el narrador se convierte en testigo, no organiza la estructura del relato, que sigue un orden lineal, no juzga ni opina, describe con objetividad el marco narrativos y da paso a los diálogos. Un relator de la conducta de los personajes.

La novela se convirtió enseguida en modelo del realismo social, de relato referencial con su carga ideológica y de denuncia, que no era precisamente, o únicamente, el propósito de Ferlosio: «El Jarama –escribe Jordi Gracia– puede ser la obra maestra que muchos todavía leemos, pero sin duda fue, desde el mismo momento de su aparición, espejo y metáfora del estrangulamiento vital de la España del medio siglo; también el testimonio de la pulcritud, la solvencia y la disciplina con la que un escritor es capaz de imponer a la novela una norma de escritura». Además de reflejo certero de la clase media y media baja de mediados de los 50, la novela era también un impecable ejercicio literario, una construcción estrictamente sometida a los principios del conductismo: preponderancia del diálogo, objetividad del narrador, linealidad y condensación temporal (desde la mañana hasta la noche, unas 16 horas del domingo).

Destaca en el grupo de jóvenes el tedio y la mediocridad de sus vidas. Apunta alguno de ellos cierta rebeldía que parece anunciar la nueva España de finales de los cincuenta, pero en general estamos ante un grupo de jóvenes mediocres, con trabajos mediocres –mecánico, dependiente de una zapatería, vendedora ambulante de helados, obrero en una fábrica, camarera en una cafetería, representante de botones–, y unas vidas mediocres de las que no consiguen escapar. Ni el vino que beben («la media trompa, simpatía de prestado. En cuanto baje el vino, vuelta a lo de siempre, no nos hagamos ilusiones», confiesa Lucita); ni las escapadas domingueras, un paréntesis que todos quisieran más duradero, porque el lunes significa la vuelta a un presente sin esperanza («Entre semana se me olvida; y gracias a eso tiramos», declara Mariyayo); ni siquiera la expectativa de su próximo casamiento («No me hables de bodas ahora. Hoy es fiesta», contesta Miguel a uno de la pandilla) bastan a estos jóvenes urbanos para superar sus existencias mezquinas, atrapadas en un mecanismo que ellos no manejan, que los arrastra sin posibilidad de escape, y del que no son conscientes, que es lo peor.

No sé si por edad mis padres estarían representados en los personajes de la novela, escrita entre octubre de 1954 y marzo de 1955, pero dudo que compartieran la falta de expectativas de los jóvenes de la novela, aunque tuvieran claro hasta dónde podía llegar un joven guardia civil hijo de guardia civil casado con la hija de un guardia civil. Vida de cuartel. Sueldo asegurado, sí, pero limitado horizonte profesional. Fue la vida que eligieron. No se lo reprocho. Comprendo el sacrificio y se lo agradezco. A su manera, en su medianía, fueron héroes, apostaron más que por ellos por sus hijos, por eso no los reconozco en esos personajes vacíos, nihilistas, de la novela. No creo que en mayo de 1953, cuando mis padres se casaron, o en febrero de 1956, cuando yo nací, sus vidas fuesen tan sin substancia, tan faltas de esperanza, tan tristemente desperdiciadas. Habían vivido una guerra, habían atravesado, sin ser conscientes, los años del hambre y el estraperlo, de la durísima represión franquista y de las omnipresentes sotanas, les tocaba ahora vivir su juventud, reír y divertirse con los amigos, crear una familia, encarar optimistas el futuro, entramparse para comprar la primera lavadora, el primer frigorífico, el primer televisor o la Espasa abreviada, ir de vacaciones en verano, pagarnos los estudios...

No debo confundir ficción y realidad, considerar, como don Quijote, que la literatura es real, que la vida es novela, que la novela no es invención sino verdad y testimonio. Mis padres biológicos no son personajes de libro, aunque pueda reconocerlos, como a mí mismo, en mis padres literarios, en ciertos libros de Aldecoa, Martín Gaite, Jesús Fernández Santos, Carmen Laforet, Miguel Delibes, el Cela de La colmena y el Viaje a la Alcarria, el Goytisolo de Campos de Níjar, el Ferlosio de las Industrias y andanzas de Alfanhuí, porque me trasladan a mi infancia (de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta), evocan circunstancias, personajes y paisajes vividos, tamizados por la memoria, agrandados quizá, deformados por olvidos y selecciones caprichosas, pero con una indudable sensación de verismo, de realidad vivida, que no es el caso de El Jarama, con cuyos personajes, vistos a través de un frío objetivo fotográfico, ni me identifico ni me siento cercano.


martes, 9 de diciembre de 2025

Paradojas

 El silencio está lleno de vida. De ruidos.

Sólo en silencio puedes oír el susurro de los olivos mecidos por la brisa de la tarde. El repentino aleteo de un gorrión cuando abres la puerta del patio. El zumbido del insecto que ronda la flor naranja del pacífico.

Solo en el silencio oyes crepitar el espíritu del fuego, el golpeteo de la lluvia en los cristales o en la tierra empapada, el aura que precede a los pájaros y a los colores de la aurora.

Sólo en el silencio te llega la canción serena y feliz de los campos cereales en la mañana de mayo, el canto del abejaruco allá arriba o el glup de un galápago que se hunde en el río.

Los ruidos construyen el silencio.

En silencio escuchas lo que no oyes.


jueves, 4 de diciembre de 2025

RSF

 


Hombre en un sillón. Podría ser el evidente pie de foto, pero prefiero esperar, mirar detenidamente, adivinar quizá, suponer, lo que no aparece, demorarme en lo que veo pero no identifico, o en lo que no admite duda: las líneas y los cuadritos oscuros de la tela tapicera, la silla de palos torneados, la mesa de madera, las carpetas de gomilla apiladas en una estantería alta y estrecha, el aparador de la izquierda, el juego de la solería, los libros, las cajas, los recortes de periódico colgados en una de las paredes, el cable que serpentea y se pierde tras el sillón, ese cajón con ruedas, las zapatillas de estar por casa, el pantalón de género –¿gris?–, la corbata negra que se adivina bajo el jersey –¿gris oscuro?–, la camisa blanca, las manos, el pelo negro, las entradas, el arco de las cejas.

No estamos ante un hombre atribulado, hundido en el sillón, al contrario, observando su tronco enhiesto, las líneas simétricas de los brazos, apoyados los codos en los reposabrazos, las manos cerradas, pero no crispadas, signo tal vez de incomodidad por ser el objetivo del fotógrafo, la cabeza erguida, más sereno que serio el viso, podríamos pensar en un monarca en su trono.

¿Qué oficio tiene este hombre? ¿En qué se afana? La imagen nada nos aclara al respecto, pero se intuye que no es hombre del común. Quién –qué hombre, qué mujer– se deja retratar en zapatillas de pañete con tal dignidad, con esa seriedad que no es pose, con ese saber sentarse en su sillón preferido. Él mismo responde usando la tercera persona: «Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, se tiene a sí mismo por profesional de nada».

*
Nota bene: Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma el día 4 de diciembre de 1927.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Bonjour, tristesse


En cuatro semanas del verano de 1953, Françoise Quoirez, una adolescente de 17 años, escribió una novela, dejó una copia a nombre de Françoise Sagan en el buzón de dos editoriales y esperó. Juillard fue la primera en aceptarla y publicarla.

Bonjour, tristesse fue un best seller. Llegó a las librerías en marzo de 1954, y en tres meses se vendieron 200.000 ejemplares, cifra que fue creciendo y multiplicándose con las reediciones, traducciones, derechos teatrales y cinematográficos. La consagración literaria le llegó con el Premio de los Críticos franceses a finales de mayo. La novela desató pasiones y lenguas: por la edad de la autora, por el tema tratado y la actitud de los personajes, por reflejar el sentir de miles de jóvenes europeos.

En pocos meses, aquella escritora novel había publicado en una editorial de prestigio, obtenido un importante galardón literario, vendido cientos de miles de ejemplares y obtenido miles de francos que gastaba en restaurantes y cafés con sus amigos, en ropas, en un Jaguar XK140 y en los casinos. FS era la imagen del éxito. La imagen también de una juventud diferente, rebelde.

Con la súbita fama madrugaron también los detractores. El más notable, y el que abrió la veda, fue el crítico de Le Figaro, el católico François Mauriac, que alentó la confusión entre la autora y el personaje de ficción, llamándola “encantador monstruo de dieciocho años” o “terrible muchachita” –deliberada confusión que llega a otros periódicos: perversa y encantadora, cínica muchacha de vida desordenada, una mala estudiante, una cría que ha perdido la cabeza...–, en la que reconoce talento literario, pero a la que considera carente de valores patrios y falta de compromiso ideológico en el combate espiritual que Francia tiene entablado en ese momento histórico, una adolescente atenta solo a sus problemas personales, como el yonqui al que sólo le interesa su próximo pico. El combate, las graves heridas que en ese momento sufre la nación francesa no son otras que las derivadas de la inminente guerra de Argelia y de los últimos disparos en la guerra de Indochina, que acabó con más de noventa mil soldados franceses muertos y la derrota a manos de Vietnam. De eso tendría que hablar una obra galardonada por la crítica, insiste Mauriac, del heroísmo de sus compatriotas en aquellas guerras coloniales. Espíritu. Patria. Cristianismo. Ninguno de esos altos conceptos aparecía en la novela de aquella descarada adolescente.

Novela de amor. O mejor, de amores. Novela sentimental, sí. Novela testimonio. Novela manifiesto. Novela rebelde. No procaz ni desvergonzada. Ni escabrosa. Ni pornográfica, por supuesto, como la presentó más de una firma en los periódicos. En Bonjour, tristesse destaca la claridad argumental, la sencillez con que aborda las situaciones, la naturalidad de su estilo, de su lenguaje, la capacidad de describir el alma de los personajes, incluso del paisaje, y del verano, mediterráneo. FS escribió su libro en estado de gracia.

El título de esta novela siempre me llevará al verano del 75, a la cala de Port Salvi, en Sant Feliu de Guíxols: tenía 19 años, había aprobado todas las asignaturas de segundo curso en la Facultad y un anochecer de primeros de julio me embarqué en el catalán –el tren de la emigración de miles de andaluces en los 60– para probar fortuna en los hoteles de la Costa Brava y sacar dinero con que pagar al menos la matrícula del curso siguiente.

Recuerdo apenas el viaje en un tren atestado, la llegada a Barcelona, la agencia de trabajo, el trayecto en autobús hasta Sant Feliu. Tras una breve entrevista con el maître y porque hablaba algo el francés, me asignaron el puesto de sommelier en el restaurante del hotel.

Por la tarde, antes de empezar mi primer turno, bajé a un comercio del pueblo concertado con la empresa y compré a débito dos juegos de ropa de trabajo: pantalón, zapatos, calcetines y corbata negros, camisa y chaqueta blanca. Todavía conservo alguna foto. En mi vida había descorchado una botella de vino, pero enseguida acudió en mi ayuda una camarera y me enseñó a manejar el sacacorchos.

Así –Bonjour, tristesse–, la saludaba todas las mañanas con mi mejor sonrisa cuando nos encontrábamos en los pasillos antes del desayuno. Ella me la devolvía en sus ojos color caramelo. Cecilia se llamaba, de un pueblo de Jaén. En el hotel trabajaban también su padre –viudo, friegaplatos– y un hermano en la lavandería.

–Háblame en francés, estudiante, y yo la galanteaba con canciones de Brel y de Moustaki, de Brassens; le enseñaba cómo se decía mar, playa, cielo, nubes, árboles, frases cortas para saludar y despedirse. Había también besos y abrazos, manos entrelazadas, caricias, susurros. No íbamos más allá. Luego nos separábamos, cada uno a sus ocupaciones.

Ella tenía en su pueblo novio de casarse, así que lo nuestro, en secreto. Le temía a su padre, que se ponía violento cuando se emborrachaba. Quizá hubiera pasado eso la primera vez que la vi. Quizá su padre la hubiera liado la tarde anterior y hasta la hubiera golpeado. Reconocí la tristeza en la apariencia de su cuerpo, recogido sobre sí mismo, en su andar silencioso, leve. En sus ojos.

Bonjour, tristesse –y apareció la sonrisa, tintada por la pena, pero sonrisa.

No era entre ellos, padre e hija, la misma relación que en el libro de Françoise Sagan. La cómplice vitalidad, el desenfado y el optimismo entre los personajes de la ficción se transformaba en miedo, en dolor, en aquella muchacha que veía a diario y que tenía diecinueve años, como yo, como la autora de Bonjour, tristesse.

Tres vidas, tres jóvenes de la misma edad. Ahí acababan los parecidos.

La realidad de Port Salvi, salvo el paisaje mediterráneo, era muy distinta a la de la villa en la Costa Azul donde transcurría la acción de la novela. Nada que ver la exclusividad y el discreto aislamiento de la villa alquilada por el padre de la protagonista con la masa de turistas que ocupaba hoteles y campings, playas, paseos marítimos, discotecas, restaurantes y espectáculos nocturnos. Nuestros 19 años no se parecían a los de Françoise Sagan, que para entonces ya disfrutaba del éxito y del dinero, ni a los de la protagonista de su novela. Cecilia trabajaba desde los quince años durante la temporada completa, primavera y verano, en los hoteles de la Costa Brava y volvía a su pueblo en otoño, ahorraba para cuando llegara el momento de ayudar en la compra de una casa, amueblarla completa y casarse con su novio; yo era un discreto universitario que vivía en casa de sus padres, que iba descubriendo su amor por los libros, por el estudio y por la lectura, que escribía en secreto sus primeros versos y cuyo único horizonte inmediato era acabar los estudios y dejar la casa de los padres.

El verano del 75 en Port Salvi fue rico en experiencias. Nunca había besado a una muchacha, acariciado sus hombros, su cuello, su espalda, su pecho, ni la había mirado de cerca a los ojos en la intimidad de los susurros. Nunca, tampoco, había sido amenazado con un gran cuchillo por un hombre, el padre de Cecilia, que en una turbulenta tarde de borrachera me persiguió por las dependencias del personal y hube de refugiarme en la habitación del maître hasta que bajó la marea. Ni había cruzado la frontera para ir a Perpignan, pero aquel verano lo hice dos veces en compañía del chef, que se metía en un cine para ver películas porno mientras yo lo esperaba paseando por la ciudad o tomando cerveza en una terraza. Aquel verano conocí también el peligro del juego, el del ludópata, cuando una noche el hermano de Cecilia me despertó de madrugada para pedirme dinero con que seguir jugando al póquer, donde había perdido la paga mensual que acabábamos de recibir esa misma tarde. También supe de primera mano que el jefe de barra, que dormía a mi lado, había sido mercenario en un país africano, y que escupía sangre. Y aprendí a recomendar vinos a clientes que hablaban en catalán, en francés, en italiano...

Volví a Córdoba virgen, con poco dinero, una camiseta marinera que compré en Barcelona y un brazo en cabestrillo: uno de los últimos días, agotado ya del esfuerzo acumulado en las muchas horas, ordinarias y extraordinarias, de trabajo en el restaurante, con falta de sueño y de descanso, me llamaron a deshora, las seis o las siete de la tarde, de parte del jefe supremo, que había llegado en su yate con la cantante Mari Trini y solicitaba mis servicios: me levanté como con resorte de la cama, grité como un vikingo al ataque y descargué toda mi ira con un puñetazo en la puerta del dormitorio colectivo. La atravesé. Y me rompí el escafoides.

Con el nuevo curso, Cecilia se esfumó. Alguna vez se me viene a los labios el saludo, su hermosa mirada triste, aquel Háblame en francés, estudiante

La generación de FS, nacida en 1935, era niña durante la II GM, en algún sitio he leído que la llamaban generación 83, que era el indicativo en las cartillas de racionamiento para niños y adolescentes. Por si la sociedad francesa no tuvo bastante entre 1940 y 1945, el gobierno entabla durante diez años otra guerra en Indochina y abre nuevo frente bélico en Argelia. ¿Esperaba la entrega absoluta de la población a nuevas sangrías? ¿Que las familias consintieran otro sacrificio de sus jóvenes? ¿La entrega de sus vidas por la grandeur? La derecha recalcitrante, sí, enarbolaba soberbia –interesada, mentirosa, egoísta– la bandera del nacionalismo, de la patria, de unos trasnochados valores, pero los jóvenes, y no sólo ellos, decidieron romper, olvidar las monsergas con moralina de los mayores, lanzarse a vivir, a disfrutar y prolongar la alegría, el vértigo del amor sin tapujos, buscando la intensidad y la plenitud de una existencia todo lo libre que fuesen capaces de labrarse por sí mismos. Ahí estaba el escándalo.

Ahora que han pasado cincuenta años de aquel verano en Port Salvi, y veinte más desde la publicación de la novela de FS, me doy a la fantasía y a la divagación, y me pregunto, le pregunto a ella, qué novela habría escrito de aquellos dos meses de un universitario que trabaja de somelier en un hotel de la Costa Brava y se enamora de una camarera que va a casarse con su novio de toda la vida. En mi vagabundeo por la ficción imagino que FS, igual que retrató en su novela a una juventud francesa que deja atrás valores obsoletos y disfruta de la vida, trazaría el modelo de muchos jóvenes españoles que habíamos vivido los últimos veinte años –la mitad– de la dictadura, que estrenábamos entusiasmados urnas y democracia, que buscábamos la independencia económica y dejar atrás también la losa franquista, aunque en estos tiempos regresivos compruebo que nunca desapareció, que se intenta blanquear la dictadura, que vuelve el fanatismo falangista, la derecha intolerante y retrógrada, el imperio de la posverdad (¿Recuerdan el NODO?). Justamente aquello a que aspirábamos a superar tantos jóvenes en el 75.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Allá van leyes...

 Hay palabras que impresionan e imponen respeto, que sugieren complejidad, desconfianza, artificiosidad y una cierta oscuridad semántica. Son palabras que designan algo corriente y moliente, aunque investidas de prestigio y solemnidad. Esta mañana he encontrado una de ellas en un aforismo de Nietzsche: «Le angustia pensar escribía el filósofo acerca del gran peligro de los sabios si la maestría en las cosas pequeñas no será una especie de comodidad, un subterfugio ante las voces íntimas que aconsejan dar rienda suelta a su vida». Ahí la encontré, agazapada, con su apariencia culta y su misterio, con su carga laboriosa y compleja: un subterfugio, es decir, una excusa o evasiva, una triquiñuela, una treta sutil, hija del ingenio y de lo artificioso, para solventar una situación delicada y salir más o menos airoso de ella.

Pero si seria, por culta, nos parece «subterfugio», qué pensaremos de «efugio», que es el primer significado que le asigna el diccionario de la RAE. Un subterfugio es un efugio. Efectivamente nos da la impresión de estar ante un juez o ante un abogado listo, que habla en jerga para llevarse el gato al agua sin que los no iniciados comprendamos el porqué.

La señora Moliner, más explícita en su diccionario, aclara que un subterfugio es el «medio hábil y engañoso con que alguien evita hacer una cosa, excusa el no haberla hecho, escapa de cierto sitio o elude un compromiso». Por si no quedaba claro el concepto, añade un ejemplo: Acudió a un subterfugio para no estar allí cuando llegó el inspector.

La madre de esta palabra es medieval –subterfugium–, pero procede de un clásico, el verbo fugere, de ancestros griegos: pheúgo (φεύγω), cuya primera acepción es huir, darse a la fuga, emprender la huida, pero que también alude al hecho de ser expulsado o salir desterrado de la patria y, en sentido figurado, caerse, incluso rechazar o negarse a algo. Para los romanos, fugere era huir, como lo hizo Eneas de Troya, y en sentido figurado: desvanecerse, rehuir, procurar que no, librarse de algo…

El diccionario de la RAE no explica el significado de la palabra subterfugio, simplemente recurre a la sinonimia –subterfugio significa efugio, escapatoria, excusa artificiosa–, obligándonos a buscar nuevamente en el diccionario para distinguir los matices entre los tres sinónimos. Sí, un camino en parte “subterfúgico” que el lector puede recorrer si es gustoso.

No he encontrado estos días la palabra subterfugio en la prensa, pero está revoloteando por ahí. A pesar de la falta de pruebas fehacientes e irrefutables de que el Fiscal General fuese el autor de una filtración, cinco miembros del Tribunal Supremo han fallado y lo han condenado, sin haber comunicado aún el cuerpo argumentativo de la sentencia, es decir, han condenado, pero no sabemos porqué. Podrá ser legal la cosa, pero dada la trascendencia del caso, no parece oportuna, ni ética, la decisión de los magistrados. Es posible, piensan algunos jueces y profesores de Derecho, que los magistrados del Supremo recurran al concepto de “unidad de acto”: la filtración del documento en cuestión, que no ha podido ser probada, y la redacción de una nota para desmentir una versión falsa de los hechos, reconocida por el autor de la misma, son el mismo acto…

¿Sortearán los miembros del Supremo la dificultad recurriendo al subterfugio?

domingo, 23 de noviembre de 2025

Melanina

 En nuestra niñez era un acontecimiento insólito y con frecuencia quedó grabado para siempre en nuestra memoria.

No los había visto en fotografía ni en película. No teníamos aún televisor en casa. Los imaginaba como yo, como mis padres o mi hermana, como mis amigos, con la piel morena de más por el sol. Pero no era exactamente así.

Yo iba de la mano de mi madre. El autobús, el Pío, nos había dejado en la Bajada del Puente, junto al surtidor de gasolina. Cruzábamos hacia la Acera Pintada cuando pasó una doble fila de seminaristas. Una vez en semana, por la tarde, salían del seminario de San Eulogio para jugar al fútbol en el campo anexo al colegio Fray Albino. Era de ver la imagen del puente romano con las dos aceras llenas de seminaristas. Ah, cómo se perdieron las vocaciones.

Nosotros íbamos hacia la calle Altillo, a visitar a mi abuela Sebastiana. Oh, no era exactamente como nosotros. Eran los labios. Era la nariz. Era pelo. Era el negro azulado en su cara, distinto al negro mate de la sotana. Era el asombro infantil de la primera vez ante un muchacho de raza negra. La diferencia. La igualdad.


jueves, 6 de noviembre de 2025

Lo más hermoso

 

Primer amor


Empezábamos entonces a trazar

el mapa a escala real de nuestras vidas.

Éramos adolescentes bachilleres

recién reconciliados con nuestros cuerpos.


Fue el verano de nuestros dieciséis años.

De mañanas de bicicleta y recados,

de largos paseos al anochecer.


Una nueva emoción brincaba en mi pecho.

Tus ojos. Tu boca. Tus manos. Tu risa.


En septiembre descargaron las tormentas.

Tu no. Tu adiós.

Mis lágrimas. Mi drama.


Lo más hermoso que había vivido.

Lo más amargo que había probado.

El amor como nunca había amado.

El dolor como nunca había dolido.


No hemos vuelto a vernos desde aquellos días,

ni hemos vuelto a saber uno del otro.

Te traigo aquí esta tarde en calma de agosto

para darte las gracias por un verano

que con la luz punzante del amor

trajo a mi vida el afán por las palabras,

por el ritmo y la luz de la poesía.